El origen del planeta de los simios

cartelUna pulcra creación que nos hace deliberar sobre lo desfavorable. Hace preguntas, da testimonio y provoca una intensa introspección personal: Crítica de la película “El origen del planeta de los simios”.

En 1968, Franklin J. Schaffner, convencido de que la facultad comunicativa tiene un ponente fuerte en el cine, nos instruyó, con “El planeta de los simios” en un despliegue inquietante de angustia existencial en un mundo apocalíptico, proveyéndonos de suficiente filosofía para reflexionar sobre lo espeluznante de nuestra agonía. En 2011, basándose en la misma novela que sirvió de base a la primaria, Rupert Wyatt se reta a sí mismo, haciendo la precuela de la legendaria película de Schaffner.

El argumento se desarrolla en estos días y nos mete en la vida de Will Rodman (James Franco) un joven que vive en la ciudad de San Francisco. Acreditado científico en la industria genética, trabaja en una empresa que experimenta sus medicamentos con monos, en este momento la principal dedicación del laboratorio la tiene el desarrollo de un preparado que combata el mal del Alzheimer, una enfermedad que casualmente padece el padre de Will, Charles (John Lithgow). El pobre Charles a cada momento va perdiendo facultades, se pasa el día solo o con la enfermera que le cuida, toda su vida, su mayor pasión, fue tocar el piano y ya ni eso logra hacer dignamente. El medicamento en cuestión, en principio lo que logra es desarrollar una descomunal inteligencia en los monos, uno de esos primates, al que llaman César (Andy Serkis), por herencia genética experimenta una evolución en sus conocimientos tan grande que le hace chocar con el entorno donde vive, teniendo algún altercado y del mismo modo, algún accidente, del que aliviara sus heridas, una preciosa veterinaria, Caroline Aranha (Freida Pinto). A partir de ese momento Will, Cesar, y Caroline van a ser muy felices (antes de que vengan los problemas).

 “El origen del planeta de los simios” te hará sentir la verdadera humanidad y te alterará los más tiernos sentimientos.

Todo en este film empezando por el monumental concepto y derivando, de modo audaz, a la deslumbrante y desplegada representación de fantasía y ficción, dan una creación inolvidable, sus personajes tan sumos en su dimensión física como ambiguos en términos morales, tienen la sordidez dominante en una película que posiblemente sea lo mejor, no sólo del verano 2011 sino que incluso me atrevo a ponerla entre las mejores del año. Tiene sus “cositas” que no voy a resaltar, pues me quedo con su evocación y concepción en torno a las cuestiones éticas y morales y su propulsión de libertad e igualdad.

La recomiendo.

Crítica: 127 horas

CartelPara comenzar mi crítica de «127 horas», primero hagamos la presentación de Danny Boyle. Es productor y director de cine, nació en el año 1956, en Manchester, Inglaterra, y ha dirigido largos tan importantes como “Tumba abierta” en 1994, “Trainspotting” en 1996, “La playa” en 2000, “28 días después” en 2002, “Millions” en el año 2004, “Sunshine” en 2007, y “Slumdog millionaire” en 2008. Este último largometraje le hizo ganador de ocho estatuillas en los Oscar, entre ellos al mejor director. Su último trabajo nos llega en 2011: “127 horas”, una película que viene avalada por los resultados en numerosos festivales, en los que se ha hecho con importantes premios.

Danny Boyle nos narra en “127 horas”, la aventura que vivió Aron Ralston, un bravo escalador estadounidense que en mayo del 2003, cuando se encuentra en Utah, en el cañón Blue John, sufre una caída y queda atascado. Después de cinco días atrapado, valientemente toma una eficaz decisión.

Basada en el libro del propio Aron Ralston, Entre la espada y la pared, “127 horas” es la versión de Danny Boyle de la historia, cuyo guión pertenece al mismo Boyle y a Simon Beaufoy. Adolece de lo que todas las películas suelen adolecer cuando están basadas en una historia real, del privilegio de sorprender, pero a la vez siempre llega más intensa, y más aún en el caso de la historia de este escalado.

En primer lugar, el director hace que te caiga bien el deportista, a continuación se recrea en un paisaje hermoso, marcando cada fotograma con detenimiento en sus formas, colores y espacio, otorgándote una narración que desliza todo su nervio en un contenido y equitativo ritmo interior. En “127 horas” una vez más ha quedado clara la tendencia de Danny Boyle a introducir en sus películas, una inclinación desmesurada al subrayado, que muy a menudo dota de dramatismo tensión o encuadre; en paisajes, interiores o cualquier otra escena que lo requiera, logra hacer dinámicos momentos meramente visuales. “127 horas” es admirable desde su desnuda fuerza emocional, que sin notarlo te arrastra, hacia la vicisitud del espacio, el sufrimiento del personaje y su vía crucis, mientras que enclaustrado las fuerzas le flaquean. Cuando las raíces del drama empiezan a ganarnos desde la desesperación y los nervios, el retenido está siempre presente en la retina y el corazón del espectador. En el momento más crítico del film, sube y sube la intensidad hasta lo imaginable, y en la cumbre, pasa de ser la escena de la morada de una víctima, a la supervivencia; un recurso, en este caso, negociable entre la vida y la muerte, que Boyle resuelve con una demoledora clarividencia, sin ocultar en ningún momento lo crudo de la lucha. Imágenes delirantes que se convertirán en parte de la historia del cine.

Boyle, en “127 horas”, muestra de forma concienzuda su destreza al realizar una película claustrofóbica y, al mismo tiempo, visualmente impactante, además es justo que sumemos al mérito cinematográfico, su destreza como documentalista, profundizando como pocos en el auténtico sentido de lo ocurrido o en el impulso de los sentimientos hondos del personaje. Boyle está ayudado en la música por A.R Rahman, que hace un trabajo simplemente excepcional. En la interpretación James Franco, destaca por el desarrollo y la fuerza que le pone al personaje trasmitiendo esa enorme trascendencia emotiva al traspasar una situación así, el resto del elenco de actores se ajusta perfectamente a lo que Boyle quiere hacer en la película.