Crítica: Los niños salvajes

Cartel“Los niños salvajes” es un testimonio de angustia existencial. Adentrándonos en la historia, vemos que su título no es sino el recurso expositivo de mostrar unos chicos protagonizando hechos demasiado habituales en esta sociedad. La directora madrileña Patricia Ferreira ha realizado un genial grupo de películas en pocos años. Desde el año 2000, que dirigió “Sé quién eres”, “El alquimista impaciente”, en 2002, “El mundo a cada rato”, 2004, y “Para que no me olvides”, 2005, pasando por algún maravilloso documental, demarcación en la que  tiene absoluta maestría. En este nuevo trabajo revela el conflicto y pone a prueba algo que amenaza nuestros sueños.

Oky (Mariana Comas) es adolescente en la ciudad de Barcelona, en su casa viven holgadamente y tiene todo cuanto necesita, quizás para ella de lo que carece es de la atención de unos padres muy ocupados. Gabi (Alberto Baró) es otro chico de la misma edad, hijo del dueño de un gimnasio, el muchacho aparte de instituto practica el kick boxing; su padre sueña con que sea un gran campeón. El último de los tres chicos del grupo se llama Álex (Álex Mommer), éste representa a la familia más humilde del relato, sus padres regentan un bar que está prácticamente en la ruina. Álex, tiene un talento especial haciendo grafitis, le encanta pasar el tiempo haciendo dibujos en las paredes, cosa que sus padres le reprochan continuamente. Estos tres jóvenes amigos irán lidiando con el aspecto negativo y paralizante de esta sociedad y su trato con ellos.

Resulta verdaderamente conmovedor ver de qué manera Patricia Ferreira sigue buceando en la entretela de las obligaciones sociales que vivimos actualmente y la forma en que extrae de ella un argumento con inteligencia y una realidad inclemente. Con un ritmo pausado, impregnado de un bello barniz realista, con un lenguaje natural, -de la calle-, estamos ante una peripecia perfectamente documental. El film muestra un verdadero catálogo de sentimientos y desencuentros del horror cotidiano de la, a veces calamitosa, vida diaria.

¿Que está fallando en esta sociedad?

“Los niños salvajes” es una manifestación indisimulada de compromiso que irremediablemente te crea la obligación crítica de pensar en el deber de crear hombres y mujeres libres, que no puede hacerse si no es con la lucha abierta contra este sistema, haciendo una pedagogía de la espontaneidad que parta de principios socializantes, no, ni mucho menos, con el adiestramiento de la represión tan negativo para la naturaleza humana. Son escuela y padres quienes tienen como función transmitir a los chavales desde pequeños la creatividad libre que es la esencia de la estabilidad emocional.

Patricia Ferreira redondea su jugada con un reparto de acertadas interpretaciones.

Es un título que debiera exponerse en los centros educativos.

Crítica: Katmandú, un espejo en el cielo

CartelComo en toda la filmografía de Icíar Bollaín, su nuevo trabajo fluye entre momentos geniales de gran tensión y sentimiento, y otros llenos de complicidad y mensaje. Crítica de la película “Katmandú, un espejo en el cielo”.

Tensa e imaginativa historia, que nos describe la vida real de Victoria Subirana, una mujer catalana que, viviendo feliz en su país, lo dejó todo por ayudar a los niños de Nepal. El argumento que fluye de la pluma de Bollaín nos sitúa en Katmandú, la capital y Mustanq, el último reino perdido del Himalaya; nos recrea y enseña las calles de Patan y Bhaktapul, a donde Laila (Verónica Echegui), una joven maestra llega desde España dispuesta a trabajar en la escuela, poco a poco descubre todo lo que contiene ese mundo desolado de piedad, la pobreza y la miseria lo invade todo, la marginación es total, y… desconocida es la solución. Desolada, a la vez que fuerte en su empeño y con muchísimo esfuerzo, emprende su proyecto pedagógico, luchando contra la corriente costumbrista y cultural. Tiene Laila una perfecta aliada en su amiga Sharmila (Sumyata Battarai) una maestra del lugar, y una encantadora mujer, Tsering (Norbu Tsering Gunung). El hombre al que Laila se une en matrimonio, para que no la expatríen, es otro punto de apoyo para la voluntariosa mujer. La vida en ese lugar será muy dura y complicada, en medio de una gran expiación de injusticias, que encierran la propia alegoría de la vida en cualquier parte del mundo.

Rodada en localizaciones maravillosas, todo el encanto de los escenarios hechiza y queda vívidamente reflejado en la pantalla, donde las montañas del Nepal, la nieve, los coloridos tonos e incluso el aire que no se ve pero que se percibe, se convierten en personajes de este emotivo análisis del sufrimiento de una mujer idealista que quiere que lo indigno se vuelva humano. Pudiera ser que “Katmandú, espejo en el cielo” no fuese la mejor película en la fulgurante carrera de Icíar Bollaín, pero qué importa ese dato, cuando se nos muestra un trabajo tan serio y tan elegante. Bollaín ingeniosamente, toca temas diversos que va encajando de forma adecuada en el recorrido de esta historia mitad realidad mitad ficción, con un soberbio sentido de la oportunidad nos habla de tantos temas sociales en dos horas catorce minutos de proyección, que la película pasa a ser mínima en su recorrido. Con gran inteligencia la directora opta por resaltar los aspectos mas tiernos y solidarios del personaje de Verónica Echegui, que hace un papel muy entregado y por el que está nominada a mejor interpretación femenina en los próximos premios Goya. Me gusta mucho la interpretación de Sumyata Battarai y de Norbu Tsering Gunung. Es llamativo, me pasó igual el año pasado con “Antes de la lluvia”, los segundarios hacen una actuación desmesurada. La fotografía de Antonio Riesta, la música menuda de Pascal Gaine y el guión por el que está nominada Bollaín forman un conjunto agradable, lleno de buenas intenciones.

Destaco en esta película un momento en el que Laila y Tsering, rodeados de montañas descansan de una caminata, y hechizado por el paisaje y mirando al infinito el chico dice: “un puñado de tierra, mi espejo en el cielo”… Emocionante momento, que me ha transportado a una perecida ubicación en mi querida sierra de Montoro-Cardeña, “Un puñado de mi tierra, mi espejo en el cielo”.

Crítica: La ruta irlandesa

CartelEl impacto sicológico de la guerra. Crítica de la película “La ruta irlandesa”.

La seguridad en el director y la comprometida realización de esta película, una obra esperada por su entidad, en la fértil carrera del cineasta inglés, es lo que atrae, además de la coherencia controvertida, el buen hacer cinematográfico de Ken Loach y su guionista talismán, Paul Laberty.

Drama ambientado en Liverpool, Inglaterra, naciendo la trama de donde brota su título, “La ruta irlandesa”, la carretera que va del aeropuerto de Bagdad a la zona verde internacional en Iraq , hasta allí viajaron dos amigos Frankie (John Bishop) y Fergus (Mark Womack) a trabajar como mercenarios. Frankie muere misteriosamente por lo que su amigo Fergus se traslada a Liverpool para el funeral y se encuentra que la empresa que les contrató sólo quiere olvidarse del hecho, restándole toda la importancia política que pueda tener. Abusando del poder engañan a la familia, pero Fergus está convencido de que la empresa miente y sin miedo ni meta, se pone a investigar de forma obsesiva. La esposa de Frankie, Rachel (Andrea Lowe) le ayudará en la medida que pueda.

Dentro del canon kenlochiano, “La ruta irlandesa” tiene una excepción, pues no sólo permite que el espectador elucubre sobre lo que sucede hasta el final de la misma sino que, además, nos concede la facilidad de pensar qué habrías hecho tú ante esa situación. No es una historia que se perciba como ficción, es una historia de las muchas sucedidas a lo largo de la guerras que los gobiernos nos obligan a sufrir, hechos de los que cada día estamos acostumbrados a ver en los informativos de la televisión.

“La ruta irlandesa”, narrada mediante flashbacks a partir de los protagonistas, no deja escapar ni la mas mínima oportunidad de hacer ondear bien alto la denuncia de las malas artes de las empresas americanas en Iraq desde los primeros minutos de la película hasta los minutos finales, cuando todo se apacigua y a la vez se torna más crudo y trágico.

La maestría de Loach a la hora de diseñar complejas historias de problemas sociales, en la que los personajes se ven sometidos a tensiones y lazos sentimentales, el soberbio sentido de la responsabilidad que inserta a Frankie, su tremenda desintegración moral, su diligencia por llevar su narración al límite, la puesta en escena, en la que no parpadea ni una falla y su moderación narrativa, ocupan un lugar preponderante en esta obra.

“La ruta irlandesa” es diferente (pero no tanto), al resto de la filmografía de Ken Loach, y digo que no es muy distinta porque la visión de su forma queda patente en el mensaje, por lo que hay quien le reclama que no se centra tanto en la guerra de Iraq como en el drama que vive Fergus, y desde luego que el énfasis como siempre está en las penas de sus personajes pero, amigos, desde donde la miremos “La ruta irlandesa” es en un claro estandarte contra la guerra.

Crítica: Le Havre

CartelNobleza de objetivos y solidaridad, razones que Aki Kaurismäki aborda con precisión y cautela; la inmigración, la interacción del estado y, sus doctrinas constituidas. Critica de la película “Le Havre”.

Desde las primeras imágenes esta película se levanta con la fuerza del cine con mayúsculas. Desde el primer momento transcurre sencilla sin pretensiones, al son de una cálida música que nos sitúa en Le Havre una ciudad portuaria de Francia, sitio tranquilo y sin prisas, donde Marcel Marx (André Wilms), escritor de poco éxito, se ha trasladado a vivir. Este hombre siente que está más en contacto con la personas, pues incluso ha dejado de lado su profesión de escritor y trabaja como limpiabotas. En Le Havre ha encontrado la tranquilidad y la seguridad que necesitaba, son momentos felices que disfruta con su esposa Arletty (Kati Outinen) y los muchos amigos que ha hecho en poco tiempo. Pero un día, mientras está descansando y mirando a la gente pasar; ve, como en un momento de redada un inmigrante ilegal escapa de la policía, el chico africano menor de edad, Idrissa (Blondin Miguel Guion). El joven, quiere llegar a Inglaterra por cuestiones sentimentales. Marcel se crea una responsabilidad tratando de proteger al chico, además Arletty, su esposa, de repente enferma y tiene que hospitalizarse, Marcel conocerá en su propia carne el insensible muro de la indiferencia humana, pero con el optimismo que le caracteriza, con su confianza y la solidaridad de los habitantes del barrio, crearán una defensa que se enfrentará a la maquinaria ciega de una ley intransigente.

Qué decir que no se haya dicho del cine de Aki Kaurismäki, tiene este director una inteligencia cinematográfica tan particular como deliciosa, tan consistente como intensa, y tan real y sensible, que por su hechizo, trama y estética, sin posibilidad de escapar, el espectador queda fijo hasta que salen los títulos de crédito. Es particularmente entrañable encontrarse cada vez con sus a veces excéntricos y otras elegantes personajes. Sus detractores critican siempre o casi siempre desde la ignorancia o la falta de conocimiento. Dicen que retrata miserias, en la mayoría de las ocasiones de su país, pero es que existen esas miserias y debe de haber gentes preparadas para comunicarlo con todo el arte que les caracteriza. Aki Kaurismäki en esta película retrata el tema de la inmigración y la falta de justicia, que están ahí, pero al mismo tiempo entrega un mensaje de solidaridad, de amor al prójimo, de amistad, dando un toque de atención de calado existencial. Una nota de realidad y absurdo impregna todo el metraje, moviendo su cámara pausadamente, sacando imágenes de una teatralidad imponente, que se ejemplifica en la actuación de André Wilms, y Kati Outinen formando esa entrañable pareja que reboza ternura, y esa enorme galería de segundarios que, en conjunto, nos dejan esa buena sensación. Todo resulta bonito y sentimental, sin apelar a lágrimas, pues Kaurismäki conjugando comedia y drama, siempre logra el toque mágico. En esta película muestra su habilidad narrativa, su forma de innovar cine, su particular estética colorista y su buen gusto para seleccionar la música.

Con esto digo, que me ha encantado, además de por todo, por su sencillez. Como veis, soy incondicional del realizador finlandés Aki Kaurismäki.