Crítica: Elefante blanco

CartelRuido, heridas, ímpetu, tráfico, sangre, muerte…

La visión ficticia de Pablo Trapero en el medio urbano de este retrato de pobreza no puede ser más desalentadora por su fuerte tinte de realidad marginal. “Elefante blanco”, el último de sus trabajos, con la complicidad en el guion de Martin Mauregui, Alejandro Fadel, Santiago Mitre y la presencia en la música de Michael Nyman,nos muestra la parte más desagradable de todo un mundo marginal a través del examen religioso, frente a un desolado paisaje de derechos secuestrados.

“Tierra de nadie”, un asentamiento real, ha servido de marco para mostrar toda la crudeza posible en su veracidad visual, un lugar en el que dominan las mafias y al que incluso la policía tiene miedo de pasar.

Julián (Ricardo Darín), un sacerdote en una villa. Sus feligreses están muy confiados en él pero la jerarquía eclesiástica y las autoridades no le dejan hacer su obra en paz y con justicia. A su lado, su amigo Nicolás (Jéréme Renier), también sacerdote con el que empieza a vivir esta realidad salvaje. Julián trabaja este proyecto desde hace años. Es un poblado marginal de los alrededores de Buenos Aires. Los dos son sacerdotes católicos que decidieron dedicar su vida a los más pobres: Nicolás al principio marchó para un país tercermundista y Julián quedó entregado a Argentina. Mientras trabajan como héroes cotidianos, Nicolás se llena de dudas, piensa si la Iglesia es la institución adecuada para dar solución a tanta miseria. Julián, por su parte, decide que el mejor camino para cambiar las condiciones de vida es seguir con su lucha sin desviarse de la cruel realidad impuesta. Entre tanta desolación la guapa Luciana, (Martina Gusmán), una joven licenciada en derecho que entrega sus días a luchar por los necesitados y a incentivar las reformas sociales. Los tres buscarán su lugar. Unos rompiendo moldes, otros no se atreverán. Pero ninguno es débil o fuerte todo el tiempo. Son complementarios. Tres partes de una sola trenza.

Las imágenes acompañadas a veces por su educada música son de todo menos complacientes: drogas, niños marginados, mujeres viviendo su vejez desde la juventud, hombres sin el derecho a cobrar por su trabajo, miedo, sometimiento, escasez y la lluvia que no deja de caer, quizás por darle al decorado un toque de desánimo o tal vez como el símbolo de un llanto que no debe de parar al ser conscientes de que eso que ocurre en la pantalla lo tenemos detrás de la esquina. Solo la mirada de Trapero en medio de este caos, centrada en el objetivo de su cámara, alcanzando unos exactos primeros, primerísimos planos, unos íntegros planos largos y una novedosa configuración cámara al hombro que descubre ignorados perfiles en el director argentino. No es necesario que citemos sus películas fundamentales. De todos son sabidas y recordadas con admiración. Trapero impregna aptitud y personalidad en sus obras, matizando hasta lo recóndito su particular forma.

Pasamos por alto algún frente que se abre sin sentido y no queda cerrado, la tópica reunión de chavalillos drogándose, y destacamos la naturalidad con que fluyen al son todos los participantes, tanto actores profesionales, como secundarios y aficionados. Todos dan fluidez y credibilidad narrativa.

Después de ver “Elefante blanco” es imposible no pensar que la vida podría ser simple y agradable si no existieran ésos que siempre están dispuestos a trastocarla.

“Elefante blanco” está dedicada a la memoria de Carlos Mújica, sacerdote argentino asesinado por la dictadura peronista en el año 1974, hecho jamás esclarecido. Mújica, desde el año 1960, dedicó su vida a trabajar por los sectores más pobres de la sociedad. Fue un hombre con luz rodeado de seres en penumbra.

Tres años comentando cine

Agito de nuevo el vuelo esperando que todos sigan tomando partido, que no sea yo la única pasajera de un vehículo que devora tiempo y paisaje. Son ya tres las conmemoraciones que hemos vivido en este blog. Mi mapa intergaláctico del firmamento cinematográfico. Tres años llevo torneando críticas de cine, labor que considero ineludible. Me divierte congelar instantes visuales, descifrar los jeroglíficos que ofrece el cine y fantasear con sus mensajes y reflexiones. Mi modo de interpretarlo tiene relación inmediata con mi manera de ser, también está ligado estrechamente con la elección, clasificación de las películas y el momento emocional en el que las visiono.

El calor procedente de fuera me llega, me gusta, y se mezcla con los rayos descargados de mi afición. No ha sido esta etapa del 2012 un tiempo en el que haya que destacar nada en concreto, la parrilla en la pantalla grande ha resultado en su mayoría un poco baja de temperatura, sí podríamos decir algún título pero ahí lo dejamos. Pienso muy apropiada esta cita del maestro Woody Allen: “Una película de éxito es aquella que consigue llevar a cabo una idea original”. Si no es así y en este mes además vuelve a subir el IVA, con las entradas por las nubes y las películas por los suelos,  ¿quién tiene el valor de ir al cine?

Esperemos recibir buena oferta  otoño-invierno, disfrutarlo y compartirlo.

Volvamos a complacernos de otro período cabalmente aderezado: comentemos cine.  

Vacaciones 2012

Me despido de mis lectores por mis vacaciones un año más. Regreso a mi jardincito para gozar a solas de mis pensamientos, aplicar las lecciones de virtud que he aprendido en este ciclo y compartir en torno a una larga mesa, juegos, diálogo y cariño. No obstante, seguiré visitando las salas del cine y en septiembre comentaré, comentaremos…

Ciertamente se hace extraño abandonar esta costumbre aunque solo sea por un tiempo, a pesar de ello disfrutaré de mis días libres y  retornaré con fuerza comentado cine.

 

Crítica: Hysteria

CartelElaborada con tintes de comedia costumbrista, con fondo histórico, romanticismo y el humor chispeante de una terapia sexual en el siglo XIX. Critica de la película “Hysteria”.

Nos situamos en Inglaterra, finales del siglo XIX, década 1880. El doctor Joseph Mortimer Granville (Hugh Dancy) siendo aún joven, incomodado por su poco éxito en su especialidad médica, y hallándose viviendo en casa de su amigo Lord Edmund (Rupert Everett), tuvo la suerte de inventar un artilugio eléctrico creado para tratar los dolores musculares, pero que por una serie de casualidades pasó a convertirse en uno de los aparatos que revolucionaron el comercio de la época victoriana y que hoy sigue comercializándose por encima de muchos electrodomésticos de primera necesidad: “el vibrador”. Monopolizado por el doctor Dalriymple para calmar la “histeria” femenina, una selectiva enfermedad que padecían las mujeres de vida acomodada y que el inteligente médico calmaba a base de aceites y ungüentos, hasta el momento que el aparatito se puso en marcha, por natural razón ambas posibilidades les eran gratísimas a las señoronas.

Inventar una historia sin en realidad inventar nada, es lo que más sorprende de esta película.

El caso es que cuando asistí a ver esta película quedé encantada, pero me admiró la guasa y la ironía de la gente con la que después la comenté, las cuales no la entendieron o están demasiado lejos de dar una opinión como realmente exige la película. Se me hizo muy difícil que alguien me hiciera un comentario serio, no ya del hecho real sino en cuanto al guion y el trato de la directora Tanya Wexler a la trama, por fin una tarde tomando café, una amiga me dijo: “es una muestra del humor británico con un escondido espíritu feminista que lucha contra el fingimiento de las mujeres y el conservadurismo de algunas”, esto es lo que yo necesitaba escuchar, pues la visión humorística de la historia es evidente, las connotaciones sexuales son imprescindibles y palpables, pero la combinación de pensamiento progresista a favor de la mujer queda en segundo plano y quizás un poco tapado por lo llamativo del resto. En este sentido mi reflexión es que Wexler de forma eludida y presente a la vez, nos regala un símbolo de reconocimiento universal; la mujer ya avanzando y expulsando los fantasmas de la doble moral, rompiendo la diplomacia constituida y convirtiéndose en una mujer libre para decidir, una mujer entre el desacuerdo de sus ideas y las de las capas superiores, con una habilidad consumada para adaptarse a sus aspiraciones en un enunciado perfectamente definido. El personaje que lleva esta obligación es Charlotte (Maggie Gyllenhaal), esta sufragista, a pesar de la oposición de su padre el doctor Dalriymple y del rechazo de su dulce hermana Emily (Felicity Jones), defiende con especial énfasis la igualdad de género y de clase.

En el plano actoral, me parece que está muy bien interpretada, no me convence Rupert Everett, no ya por su interpretación que aunque sea aceptable queda nublada por el cambio tan radical y brusco de su aspecto físico.

Tanya Wexler, de su segunda película, llena de complacencia y risas para los espectadores, yo me quedo con todo menos con la resolución. Merecía mayor esmero.