Crítica: La deuda

CartelAdentrarse en el intuitivo cine de oscarizado director John Madden es siempre interesante. “La deuda”, lejos de ser una obra maestra, nos propone ver a tres personas que se enfrentan con sus propios fantasmas personales, teniendo que tomar una decisión sumamente moral. Debo decir antes de seguir que “La deuda” es un remake de “The Debte”, una película del 2007, del director israelí, Assaf Bernstein. Un film atrevido, que se va estructurando conforme avanza. Retrato oscuro de un momento de nuestra realidad contemporánea.

La historia comienza en 1997 con la presentación de un libro sobre tres agentes secretos del Mossad: Rachel (Helen Mirren), Stephan (Tom Wilkinson) y su compañero David (Ciarán Hinds). El libro lo ha escrito la hija de Rachel y en él encumbra los hechos e incidentes del trío de espías en una valerosa operación realizada por encargo de su país para hacer justicia por los muchos crímenes cometidos contra su gente. los oficiales, a lo largo de los años, han sido muy considerados por Israel por aquella famosa y secreta misión; cuando en 1964 localizaron al criminal de guerra nazi , Dieter Vogel (Jesper Christensen), “El cirujano de Birkenau” que, en esos momentos, ejercía impunemente como ginecólogo en Berlín. Rachel (Jessica Chastain) y sus compañeros, Stephan( Marton Csokas) y David (Sam Worthington), entonces muy jóvenes, tuvieron que superar pruebas muy difíciles, arriesgaron mucho y pagaron muy caro el hecho de cumplir la misión.

Esta película capta la esencia resuelta y relevante de John Madden. Una se olvida a los tres minutos de que el metraje que está viendo es una ficción. Puede que en mi caso crea ver metáforas donde posiblemente no las haya y una concepción de rigidez me recorra a bandazos durante los 114 minutos. John Madden sincroniza su experiencia cinematográfica con su ya diestro proceso de montaje. “La deuda”, rodada en Tel Aviv, Berlín y Ucrania, contiene una trama con reminiscencias del holocausto nazi y ficción, muestra dosis de realismo, pues alude a una historia que la realización dramatiza a lo largo de flashback intermitentes. Así pues, importante película de un director que siempre absorbe y que en esta ocasión se olvida de sus mensajes tradicionales y se ajusta a una época y un pueblo: el judío, centrando su mirada desde el punto de vista de un ciudadano israelí, Assaf Bernstein.

Las interpretaciones son aceptables, cumpliendo claramente con las exigencias argumentadas, aunque a Tom Wilkinson y a Ciarán Hinds se les percibe algo desafortunados en su forma de trasmitir. Sam Worthington compone perfectamente su personaje. Jessica Chastain demuestra tener una interesante fuerza artística sacando adelante admirablemente su papel. Helen Mirren también aporta su experiencia, dejándonos una actuación templada a la vez que explícita. Del mismo modo, son validas aunque sin tanta relevancia las interpretaciones de Marton Csokas y Jesper Christensen.

“La deuda” es una inquietud, una maniobra inexistente, pero también es una mirada al pasado para que no se apague la flama, a la vez que un recordatorio de indignación y frustración, acompañado del sentimiento de impotencia que el tiempo siempre regala. Algunos espectadores harán preguntas, otros quedarán reflexionando, la mayoría no podrá dar respuesta alguna, y nadie… quedará indiferente.

Crítica: Nader y Simin, una separación

CartelSegún el árbol genealógico de su propia carrera cinematográfica, Asghar Farhadi nos traslada el realismo, ese espíritu que transita en su cine y se instala cómodo en su arte, abriendo brechas con las que sacar a flote igualdad y dignidad  para todo ser humano. Es el caso de la película que ocupa la crítica de hoy “Nader y Simin, una separación”.

Nos introduce en la existencia de Simin (Leila Hatami)y Nader(Peyman Monadi), un matrimonio con una hija que decide abandonar Irán en busca de una vida mejor. Sin embargo, en el último momento él se echa atrás debido a que a su padre le han diagnosticado Alzheimer y no quiere abandonarlo. Ella pide entonces el divorcio y, al no serle concedido, se muda a vivir con sus padres. Él, que se queda con la niña, decide contratar a una mujer que le ayude a cuidar a su padre. Pero un día, al llegar a casa, encuentra algo que no le parece bien, a partir de ese momento, tanto su vida como la de su hija, se complicarán bastante.

Asghar Farhadi, con su nueva película “Nader y Simin, una separación”, organiza multitud de imágenes alrededor de unos buenos y desconocidos actores. Esta visión sumaria transmite una constatación espeluznante de las tradiciones  y costumbres de un país, chocando con otras culturas a través del conflicto de dos familias. El mapa de relaciones y sus experiencias que se unifican en el escenario la hacen merecedora de los premios recibidos (Oso de Oro en Berlín 2011) y de los que quedan por llegar.

Un rápido resumen de este film podría hacerse con una frase: cuadro animado de una vida. Lo de los cuadros nace de la forma en que el director propone explicar su historia, “Nader y Simin, una separación” está integrada por fragmentos de vivencias que comienzan con un acuerdo pero que no puedes imaginar cómo acaban.

Leila Hatami y Peyman Monadi, junto con los niños, son imprescindibles para la forma en que está tratada la historia. Esta película no es un drama en el sentido melodramático de la palabra “Nader y Simin, una separación” está sacada de historias reales sin pretender provocar la lágrima, sino mostrar vidas que son rutina en todos los días de un país deprimente.

“Nader y Simin, una separación” puede gustar a todos, pese a su larga duración y la retórica de su denuncia.

La recomiendo.

Crítica: No habrá paz para los malvados

cartelEnrique Urbizu después de años de ausencia de la pantalla, con “No habrá paz para los malvados”  nos da la pauta de cómo renovar el género sin ser ridiculizado. Lo que recrea esta película está muy lejos de ser un tema aislado, por lo que el director español se juega su paleta cinematográfica y su notoriedad como director de cine; el experto del cuadro arcaico de las pasiones, renueva su confianza empeñada con el  actor español José Coronado, en su voluntad de que la unión alcance el éxito como en anteriores trabajos, Caja 507 (2002), La vida mancha (2003).

Coronado encarna la justicia tranquila y fuera de la ley, metiéndose en la piel del inspector de policía Santos Trinidad, un hombre amargado por distintos motivos, que se conduce y se rige de modo arbitrario pasando por encima de cualquier consideración o mandamiento. Dentro de la historia, también la juez Chacón, (Elena Miguel), el buen policía, Leiva (Juanjo Artero), y el compañero paciente, de Santos Trinidad, Rodolfo (Rodolfo Sancho)

La trama, sin ser del todo única, atrae y prende por momentos, gracias al hecho de que todo se enmaraña de manera espantosa para el personaje principal, haciéndote partícipe del drama que vas a presenciar. “No habrá paz para los malvados” no adolece de nada. Todo su tiempo es un continuo ir y venir de sensaciones de sobra populares, como el odio, la violencia, la soledad y la muerte.

La película es perfecta en todo su universo, con un actor, Coronado, metido en su papel, un policía a ratos justo, a ratos pasional, efectos producidos por el mundo que le rodea y el escondido mundo que nos acecha, enterrado en el sufrimiento y la suciedad.

Así como en “No habrá paz para los malvados” hay un ligero humo de thriller americano, que comprime su buen ritmo de película española actual, otro acierto de su director Enrique Urbizu. Para mí es una película importante y el actor principal digno del más merecido Goya.

Que cada uno haga su eco particular.

Crítica: El árbol de la vida

CartelTerrence Malick se mueve en medio de una fantasía. Una poética elegía en imágenes, con el propósito de ilustrar una exclusividad en la pantalla en lugar de una historia de cine. Critica de la película “El árbol de la vida”.

El film narra la evolución de Jack (Hunter McCracken), un niño que vive con sus hermanos y sus padres. Su madre, la señora O´Brien (Jessica Chastain), encarna el amor y la bondad, mientras que su padre el señor O´Brien (Brad Pitt), representa la severidad. Éste es el encargado de enseñarles a sus hijos a enfrentarse a un mundo hostil. Sean Penn interpreta a Jack en la edad adulta.

La descripción velada que conforma esta familia se percibe raspando bajo un solo personaje, sus contrariedades, manías y preocupaciones. Su pasado, su presente, su presente y su pasado. Emociones, miradas, sigilos…

“El árbol de la vida” trata del amor, la rigidez, la pérdida, la vida y la muerte, todo ello mostrado con algunas dualidades e intersecciones de ideales religiosos, “El árbol de la vida”, está enfocada desde la ciencia, la creación, los orígenes… y en mi opinión, es excesivo el tiempo en que se nos deja disfrutar de ellos y de la fantástica banda sonora de Alexandre Desplat. Sin duda en términos técnicos y estilo visual es una obra de gran alcance pero es abrumador su nivel de complejidad. Hay en esta solemne, excesiva y pasmosa película, imágenes magníficas colmadas de belleza, una historia compleja y pocos diálogos.

Quizás con esta obra, su autor, Terrence Malick, haya querido reafirmar su solidez en el mundo cinematográfico con un gran esfuerzo experimental, olvidándose de esa comercialidad que casi siempre se persigue. Ahora bien, para mí es algo excesivo el abandono en el que se deja al espectador sin pistas ni guía. En “El árbol de la vida” se nos desafía. Desde el minuto uno, sentimos la necesidad de esclarecimientos, de caminos que nos lleven por en medio de esas agitadas bellezas visuales hacia la costra de la historia. Simbólica, fascinante, estilizada, metafórica y subliminal, pero irremediablemente te hallas perdido tratando de reunir las piezas y colocarlas en un lugar cabal para construir el puzle que rige la ficción.

“El árbol de la vida” es una experiencia cinematográfica de alta tecnología y buena presentación de intenciones, sin iluminar con igual importancia imagen e hilo argumental. Lo simbólico asfixia a esta película bajo el compromiso de diversos trazos alegóricos

Ustedes dirán…