Crítica: Oro negro

Cartel“Oro negro” es la adaptación de la novela The Great Thirst, del escritor suizo Hans Ruesch, por el guionista de “El imperio del sol”, Memo Meyjes, dirigida por el director francés Jean Jacques Annaud, que también ha colaborado en la realización del guion y del que recordamos entre otras películas “El nombre de la rosa”, “El amante”, “El oso” y “Enemigo a las puertas”. “Oro negro” es una película de rivalidades, con un dramático centro de atrevido acento épico. En la fotografía, Jean-Marie Greojou, inmejorable.

La historia está situada a  principios del siglo XX, en el desierto de Arabia, concretamente en Nesib, bajo el implacable cielo del desierto, justo en los márgenes del cinturón dorado, compiten sultanes y emires. En el último enfrentamiento Nesib, emir de Hobeika (Antonio Banderas), es el triunfante e impone las condiciones a su rival, Amar, sultán de Salmaah (Mark Strock). Acuerdan no hacerse con la “tierra de nadie” que separa los dos reinos, conocida como cinturón dorado. Como garantía, y en convenio con las leyes de estos reinos, Nesib  se llevará como rehenes a los dos hijos de Amar, el mayor, Saleeh (Akin Gazi) y el pequeño Auda (Tahar Rahin). Pasan los años, y los chicos se hacen mayores, crecidos como hermanos de los hijos de Nesib.  Saleeh es un guerrero fuerte y tiene muchas ganas de regresar a las tierras de su padre. Sin embargo, a Auda sólo le interesan los libros y bebe de ellos día y noche. Un día, llega un empresario de Texas (Corey Johnson) para ver a Nesib, con promesas de petróleo en la franja dorada, lo que hará que vuelvan los conflictos.

Después de unos preliminares envueltos en una música encantadora de James Hormer, en “Oro negro” se cuenta una fría historia acerca de hechos casi basados en la realidad. Jean Jacques Annaud consigue trenzar en torno al marco central de la acción un entramado de relaciones personales, a la vez que exhibe un profundo conocimiento gráfico, una gran sabiduría al dotar cada escenario interior o exterior de dramatismo, demostrando cómo la imagen en muchos casos tiene vida propia. Hay una tensión relajada y una esencia disuelta entre las lecturas de los hechos luctuosos, que construyen un efecto de realidad depurada y reformadora.

Digamos sin dudarlo que la magia imperecedera de “Oro negro” reside en la delicadeza de sus diálogos, en sus mensajes desde la palabra. Cada personaje desde su estatus lanza un edicto filosófico, un encargo crítico, pero al tiempo cargado de una compresión que es extensiva a todo el variopinto grupo de gobernantes y religiones, hasta componer desde ese toque humano un retrato de contradicciones de estructura social.

La película constituye la experiencia visual más correcta y atrevida que ha producido el cine francés en mucho tiempo y la manifestación más lograda de su director: Jean Jacques Annaud.

Crítica: La piel que habito

CartelClaustrofóbica y contraída película, sobre los lazos del amor y las dobleces que lo desgajan. Crítica de la película “La piel que habito”, un helado escalpelo rastreador de las miserias humanas.

El  director de cine español, Pedro Almodóvar, con dieciocho películas en su ya larga carrera cinematográfica, para este nuevo trabajo se ha rodeado de un fabuloso elenco de expertos actores españoles. Basando su obra en la novela “Tarántula” del escritor francés Thierry Jonquet, cumple el objetivo de realizar una expresión diferente,  haciendo fluir corrientes  distintas y  fragmentando modalidades, dentro de una trama totalmente distinta a lo que hasta ahora nos tiene acostumbrados. A pesar de eso, roza en todo el metraje sus recursos o señas de identidad consabidos.

Nos muestra la historia de un hombre que, desde que su mujer sufriera quemaduras en todo el cuerpo en un accidente de coche, se encierra en su oscuridad, brotando en él el anhelo, la premura;  Robert Ledgard (Antonio Banderas), eminente cirujano plástico, se interesa por la creación de una nueva piel con la que hubiera podido salvar a su esposa. Años después de su viudedad, consigue cultivarla en su propio laboratorio, una piel sensible a las caricias, pero una auténtica armadura contra todas las agresiones, tanto externas como internas. Para lograrlo ha utilizado todas las posibilidades que proporciona la terapia celular y tras  años de prácticas y ensayo,  empieza a experimentar en la práctica, trasladando a su casa,  a alguien que le sirve de conejillo de indias, todo esto con la ayuda de un coautor, Marilia, (Marisa Paredes) la mujer que se ocupó de él desde el día que nació y que le adora, aún sin querer. Ella se ocupa correctamente de su huésped, Vera-Cruz (Elena Anaya).

No sé si podrá sorprender ver como dedico el primer renglón de mi opinión a la música de Alberto Iglesias con justa entrega, y a los fenómenos sonoros de “La piel que habito”. Sería inexacto en esta película poner la música como enunciado aparte o en una escueta dilatación accesoria, cuando su fantasía ha contribuido profundamente tanto a la riqueza estética como a la intriga  psicológica.

Pedro Almodóvar hace una magnifica dirección de actores y los actores se mueven divinamente en la piel que habitan. Impecable el juego de escena, cambiando los ángulos en una contigüidad significativa. Me fascinan esos primeros planos, tienen un poder absoluto para su significado psicológico y dramático, este juego constituye una de las bazas mejor logradas.

Junto a los dos excelentes protagonistas, lucen por sus magníficos trabajos Marisa Paredes, Jan Cornet, Susi Sánchez, Bárbara Lennie, Roberto Álamo, Blanca Suárez, Ana Mena, Fernando Cayo, José Luis Goméz, Eduard Fernández y Carmen Machi.

No sé si el motor, el espíritu y la finalidad de la historia sirven para justificar las supuestas locuras de los personajes, reacciones brutales que pueden ser válidas; sin embargo, el giro final desbanca las hipótesis pactadas hasta ese momento por los espectadores, despertando en segundos al estilo más almodavariano si es que en algún momento estuvo dormido.

Me gusta.

 

Crónica de un engaño

Es muy lamentable para mí darle una baja calificación a «Crónica de un engaño», tiene la leales intenciones de denunciar la hipocresía que existe en la infidelidad  y para ello su director y guionista, el inglés Richard Eyre, utiliza un relato de Bernhad Schlink. A Eyre le recordamos siempre sacando el guión de sus obras de textos literarios, “Iris”, “ Belleza Prohibida” y la última, una magnífica y desgarradora historia, que obtuvo una buena cantidad de premios: “Diario de un Escándalo,  desde aquí la recomiendo, es una gran película.

La que hoy nos ocupa, “Crónica de un engaño”, está protagonizada por Liam Neeson (Cinco minutos de gloria, Los próximos tres días, Chloe),  Laura Linney, Antonio Banderas y  Romola Garai, junto a un elenco serio de actores representando un drama grande como es que una persona se consuma por los celos al descubrir que su pareja le ha estado siendo infiel y al tiempo que fingía ser el amor de su vida.

La infiel es Lisa (Laura Linney) , el marido engañado Peter (Liam Neeson) el amante Ralph (Antonio Banderas). Lisa y Peter son un matrimonio ya de muchos años, un matrimonio feliz (aparentemente), ella es diseñadora de zapatos, el marido un informático relevante, tienen una hija Abigail (Romola Garai), Lisa viaja mucho por su trabajo, en uno de esos viajes cuyo destino es, Milán , conoce a Ralph e inician una relación a escondidas que mantienen a través  de los años, el día en el que Lisa desaparece Peter descubre la infidelidad de su esposa y encendido por los celos, el rencor y la rabia, corre a la búsqueda de la persona que le ha arrebatado tantos momentos de amor de los brazos de su amada. Su intención, matarlo.

La historia que se nos muestra no es nada original, lo que la hace distinta es su presentación, la forma de narrarla, durante una hora camina regularmente,  se ve prometedora, pero llega un momento en que se pierde, es ese punto en que el espectador ya pierde el interés por lo que está viendo. Durante todo el recorrido se producen  saltos temporales, que a veces resultan excesivos y otras innecesarios, la escenografía sí es perfecta, muy bien detallada,  la recreación de las calles, las plazas, bien, la música perfecta,  la fotografía genial,  sin embargo… no acaba de hilar bien, una pena porque director y actores son  formidables. En  otra cosa  podemos tener los espectadores algunas opiniones encontradas, pero los intérpretes están bien escogidos y con estilo.

La película quiere ajustarse y ser emocionante dado el tema que trata, pero resulta paradójico el efecto, termina siendo una propuesta nada entrañable y demasiado fácil de olvidar.

En fin historia de amor y desamor, a mí me hubiera gustado que la forma de contármela hubiese sido mas fluida  y convincente, esperemos que en la próxima Richard Eyre nos sorprenda gratamente…