Crítica: El baile de las locas

“El baile de las locas”, basada en la novela Victoria Mas, es una película con dirección de Mélanie Laurent, actriz, documentalista, cantante y directora de cine francés. Es un trabajo de mujeres, de la tierra y del infierno. Sumergiéndonos en su historia de una forma completamente distinta, echa raíces y deja volar sus ramas en la fantasía del aquel siglo XIX.

París, 1885, puede que el día 23 de mayo porque el entierro de Víctor Hugo es lo primero que vemos cuando la película da comienzo; gentes tristes y el Panteón de fondo. “El baile de las locas” refleja el siglo XIX, de pensamiento romántico, que permite envainar todos sus ingredientes sin alterar el rayo cinéfilo y literario que se delega al protagonismo de Eugénie, (Lou de Laâge), una chica apasionada por la lectura y las fantasías propias de su juventud, que vive con sus padres y su hermano, una familia acomodada e intransigentemente burguesa. Ese día, llega la chiquilla del entierro del escritor muy contenta por haber conocido a un guapo chaval que le ha regalado El libro de los Espíritus, de Allan Kardec. Se sienta a comer, el padre la mira muy serio y la cosa empieza a ponerse fea. En pocos días, su padre la lleva al hospital Pitié Salpétrière, una clínica neurológica dirigida por el famoso profesor de la neurología Dr. Charcot (Grégoire Bonnet). Es un lugar en la que se interna a mujeres diagnosticadas de enfermedades mentales. Allí conocerá a la única persona que la tratará como se merece, la jefa de enfermeras Geneviève  (la propia Mélanie Laurent).

Con guion de Mélanie Laurent y  Chris Deslandes, “El baile de las locas” llegó a las plataformas  en 2021. Cuesta muy poco reconocer en ella la imaginación de Mélanie Laurent, la inventiva y la imaginaria de un clásico en sus manos, a imagen y semejanza de los grandes directores que han dominado en los últimos años. Es este un proyecto de alto riesgo; dar vida y corporeidad a unos hechos tan de pronunciada particularidad. Mélanie Laurent, sin dejar de sortear algunos escollos, ha conseguido un cuadro impresionante de los personajes y la época. La inventiva de la diferencia en una sociedad que rechaza ideas nuevas, creativas y lógicas, sobre todo si vienen de una mujer.

Mélanie Laurent no arriesga en lo cinematográfico con respecto a otros trabajos anteriores pero sí saca chispas a su marca de fábrica y lo más sorprendente es su trabajo visual, su puesta en escena, una imagen funcional que seguramente haga las delicias del público. Además, consigue trascender la infinita calidad de los materiales que utiliza para alcanzar la depuración de una auténtica obra de calidad.

“El baile de las locas” es una réplica del libro, correcta y diáfana en sus pretensiones.

El trabajo del reparto de actores y actrices: Mélanie Laurent, Gregoire Bonnet, Benjamin Voisin, Emmanuelle Bercot, Lauréna Thellier, Vincent Nemeth, Cédric Kahn, Christophe Montenez, César Domboy y  Lomane De Dietrich hacen de la cualidad y honradez su objetivo y colaboran para que su primer personaje, interpretado por Lou de Laâge, sea una de las interpretaciones mejor ejecutadas de la historia.

El director de fotografía, Nicolas Karakatsanis, nos deja una vez más las imágenes devanadas del destierro y  del absurdo. Eficaz fotografía y elemento para que el film pueda trasladar las paradojas derivadas de la ilógica hasta sus últimas consecuencias.

Lo mejor, la interpretación de Lou de Laâge, admirable.

Crítica: Aguas oscuras

“Aguas oscuras” cuenta con dirección de Todd Haynes y guion de Matthew Carnahan, Mario Correa y Nathaniel Rich, sobre la base de un artículo de The New York Times, de Rich, que cuenta la historia y la vida de Rob Bilott, una impactante historia real.

La maldad no tiene nombre y la desgracia es desmemoriada pero rencorosa, es decir toda una contradicción íntima en la lucha de contrarios anónimos buscando su hueco. Almas perdidas contra la corporación más grande del mundo. El abogado Rob Bilott (Mark Ruffalo), sigue un caso como si fuera un detective invisible, sufriendo todo el dolor que produce el desaliento ante la tragedia natural con tonos universales en manos tan poderosas. Rob arriesga su futuro, su trabajo y hasta su propia familia para sacar a la luz la verdad horrible. La idea es defender algo tan importante como la salud.

Todo comienza en una granja donde está cambiando la floresta, hay más plagas y los animales enferman y mueren, pero además todos beben el agua potable procedente de un río que antes pasa por una empresa química. La investigación prueba con algo sin importancia pero preocupante. Obstáculos, muchos obstáculos, por todos sitios… Pero el guion, basado en la realidad, dice mucho más, esconde una trama compleja basada en las psicologías de los hechos al servicio del mensaje.

Esta película estadounidense, cuyo guion fue galardonado en 2019 en los premios Satellite Awards al mejor guion adaptado, pone de manifiesto el peso del poder, un tema siempre sujeto a variaciones anecdóticas. En este caso, el destino de las vidas pertenece a una empresa química, un progreso endemoniado es la consecuencia. “Aguas oscuras”,  a las que alude el título, son las que contaminaba la empresa “DuPont”, en Virginia Occidental, con un tremendo vertido peligrosísimo de productos químicos.

El film aporta distintas modulaciones y sorprende Todd Haynes, su director, al ofrecernos esta particular visión, algo muy distinto a todo lo que ha hecho en el cine y lo hace con un estupendo docudrama a la altura de sus buenos trabajos.

En “Aguas oscuras”, Haynes consigue captar cada aspecto mugriento del caso, logrando una película superior, su vista no huye de la basura, la muestra, la expone. Un drama de nuestros días, abordado con toda la realidad que contiene y toda la emotividad que conlleva. La película gira en segundos a la bofetada más amarga, llena de tristeza y de terrorífico escenario. En los premios César 2020 fue nominada a mejor película extranjera.

Muy bien interpretada por actores y actrices que con sus personajes esperan devorar a esos propietarios de acero que los están matando y, todos, el cuadro de intérpretes al completo hacen creíbles a los protagonistas de este teatro de la vida: Mark Ruffalo, Anne Hathaway, Tim Robbins, Bill Camp, Bill Pullman, Victor Garber, William Jackson Harper, Mare Winningham, Kevin Crowley, Trenton Hudson, Marc Hockl, Lyman Chen y Courtney DeCosky.

La música es del brasileño compositor Marcelo Zarvos y la fotografía del director americano de cine y de fotografía: Edward Lachman.

“Aguas oscuras”, un mensaje lacerante transmitiendo con acierto lo que quiere denunciar.

Crítica: Maixabel

La última película de Icíar Bollaín nos regala toda una poética de personas desmembradas y corazones heridos. Como escritora y directora, compartiendo guion con Isa campo, Bollaín nos adentra en la historia de Maixabel.

Maixabel Lasa pierde en el año 2000 a su marido, Juan María Jaúregui, que es asesinado por ETA. Ella pasa a vivir entre el dolor amoroso y el progreso social. Muy triste. Once años más tarde, recibe una petición insólita: uno de los asesinos ha pedido entrevistarse con ella en la cárcel de Nanclares de la Oca, en Álava, en la que cumple condena tras haber roto sus lazos con la banda terrorista. A pesar de las dudas y del inmenso desgarro que siente, Maixabel accede a encontrarse cara a cara con las personas que acabaron a sangre fría con la vida de su marido.

Icíar Bollaín proyecta un reflejo como en un espejo en las ruinas humanas de quienes en viejas cárceles se consumen por los recuerdos y su carne es testigo vivo de nuestra historia. Bollaín, maravilloso su talento, y su versatilidad, como guionista, cree en el cine con forma y expresión y se mueve prodigiosamente por el género histórico. Como gran directora, con este bagaje, no es de extrañar que hayamos visto su mejor película hasta la fecha. La elección de un hecho real con la idea de transmitir sentimientos sobre el tema abordado que no es otro que el terrorismo, la devastación que origina, sus anhelos, sus neurosis, sus frustraciones y hasta su normalidad.

Sin miedo, se habla de personajes reales con una estructura completamente real y arriesgada.

“Maixabel” nos refresca la memoria de un episodio de nuestra historia de no hace mucho tiempo. Una película difícil de escribir y difícil de rodar, Bollaín derrocha inteligencia y brillantez. Sin añadir ni quitar nada, con mano maestra de narradora.

Sucesivos giros argumentales, situaciones portentosas y diálogos naturales. Una sofisticada puesta en escena, que mezcla la estética con el crimen y el arrepentimiento.

En “Maixabel” conviven una concatenación de interpretaciones con sentimiento e hilo social, pudor político y reflejo de la sociedad, destacando a Luis Tosar y Blanca Portillo; Portillo y Tosar, ambos, recogen el espíritu de otro tiempo, focalizando, sintiendo en su piel cada escena, giro o toma donde participan, imprescindibles; además  Urko Olazabal, María Cerezuela, Arantxa Aranguren, Mikel Bustamante, Bruno Sevilla, Jone Laspiur y David Blanka, todos excelentes.

La música la pone el gran compositor Alberto Iglesias, manejando las escenas de tensión y cada mirada o hecho. Perceptiva su música, sublime. Maravilloso este compositor. Con la fotografía del director Javier Agirre Erauso ocurre algo parecido, Agirre ha dirigido la fotografía de algunas buenas películas que recordamos. En “Maixabel” tiene mucha parte del mérito, ha realizado un trabajo fenomenal.

“Maixabel”  es una película altiva y rigurosa, en las fronteras mismas del dolor, propia en la brillantez de todo un equipo técnico y artístico. Tensa en lo temático y armada hasta los dientes de tolerancia, trasciende a su propia naturaleza, logrando mantenerte cerca, enredada en una magníficamente elaborada historia.

Una película tenue y neutra en un espacio habitable para lo que de verdad importa: el drama, la sinceridad y la rabia. En suma, la autenticidad. Aquí, el tráiler.

Véanla.

Crítica: Juicio a los siete de Chicago

Con dirección y guion, del cineasta, escritor productor, dramaturgo y actor estadounidense Aaron Sorkin, al que recordamos de “La red social”, en 2010, llega ahora “Juicio a los siete de Chicago”. El éxito de su nueva película quizá haya alcanzado dimensiones inesperadas pero, en ningún caso, puede ser considerado como un triunfo fácil. Esta película es una hábil destilación de realidades; la emoción cinematográfica de una atrevida denuncia. Una película verdaderamente adulta.

En ella cuenta cómo en 1969 se celebró uno de los juicios más populares de la historia de Estados Unidos. Toma nota del gran libro que es la historia y se centra en 1968, perpetuando a aquellos jóvenes que representan los actores: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong y John Carroll Lynch. Aquellos hombres, aprovechando la fecha de la Convención Nacional del Partido Demócrata, se manifestaron en contra de la Guerra de Vietnam para intentar construir con su esfuerzo un país más justo. Fueron detenidos y fueron juzgados tras ser acusados de conspirar en contra de la seguridad nacional. El juicio, impulsado por el nuevo fiscal general, fue claramente político, dando lugar a una serie de conflictos sociales, manifestaciones y movimientos ciudadanos que pasarían a la posteridad. Es aquellos ciudadanos, como a tantos otros que han existido en la historia de los distintos países, a los que todos les debemos respeto; en su odisea, su coherencia e inmensa humanidad.

En “Juicio a los siete de Chicago”, Aaron Sorkin consigue definir a sus personajes con apenas un trazo, con un gesto, una palabra. Se apropia del ánimo del espectador con una extraña mezcla de insurrección, pasividad, curiosidad y algo de humor y nostalgia, en el más puro estilo de películas judiciales. Aprovecha su embrionaria génesis apuntalando su descarnado discurso social, poblando todo el recorrido; tan lejano como compresible. Sorkin nos deja claramente explicada esa niebla que lleva en su espina dorsal todo lo ocurrido allí y la molécula de un cine que, de vez en cuando, nos sorprende gratamente.

No es fácil transmitir aquel periodo desde el punto de vista de Sorkin pero la película recurre a la recreación de la época, las formas de unos y de otros, a vivencias y evidencias, encontrando el vehículo para su perfecta exploración. Rigor, autenticidad, frases y elaboración. En lo visual  el griego director de fotografía Phedon Papamichael pone toda su experiencia al servicio de aquilatar el escenario utilizando todas las formas que sabe manejar. La música que resalta las imágenes la pone el inglés Daniel Pemberton.

Además, en esta ocasión, ha contado con un reparto espectacular que justo es no destacar a ningún interprete porque todos han estado magníficos: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Alex Sharp, Yahya Abdul-Mateen II, Michael Keaton, Ben Shenkman, J.C. MacKenzie, Noah Robbins, Alice Kremelberg, Danny Flaherty, John Doman, Mike Geraghty, Kelvin Harrison Jr, Caitlin Fitzgerald, John Quilty, Max Adler, Wayne Duvall, Damian Young y C.J. Wilson.

Dicen que si el tema resulta lo suficientemente original y atractivo como para ser enunciado en alguna frase, es seguro que si lo pasamos al medio cinematográfico será un éxito y una satisfacción para su director. La nueva película de  Aaron Sorkin, “Juicio a los siete de Chicago”, es un documento histórico con vocación. Ha conseguido lo que quería, diluir las fronteras que separan la realidad del olvido construyendo otro pasito hacia la verdad.

Su recorrido contiene meritoria intensidad, véanla.