Crítica: Los próximos tres días

CartelThrillers sentimentales hemos visto muchos, algunos excepcionales, pero atinados no demasiados. Desde la experiencia apaciguada de quien está próximo a cumplir 58 años, con 35 de carrera cinematográfica, Paul Haggis, en “Los próximos tres días”, captura el  lazo familiar de sus personajes, desencajando el néctar de sus vidas para nuestro deleite.

El argumento de “Los próximos tres días” muestra una trama que se desarrolla bajo el guion de Danny Elfman. La película empieza así: Sentados en la mesa de un restaurante están, John Brennan (Russell Crowe),  su mujer Lara (Elizabeth Banks) su hermano Mick (Michael Buie) y la esposa de éste Nicole (Olivia Wilde). Ella y Lara cenan y discuten de sus cosas, sobre todo de los problemas en  el trabajo. Nicole es una guapa y coqueta mujer  morena a la que su escotado vestido rojo resalta una belleza deliciosamente salvaje, por el contrario Lara es la imagen pura de la tierna mujer rubia en la que no destaca nada principalmente pero toda ella es femineidad y elegancia, una belleza clásica. John y Lara, pronto llegan a su casa donde tienen toda la noche para declararse lo mucho que se aman. A la mañana siguiente, alegres y felices con su hijo Luke (Ty Simpkins), de tres años, se disponen a desayunar, sin embargo en ese momento, Lara se acuerda de que en el abrigo tiene una mancha roja que no sabe cómo le cayó la noche anterior, justo cuando se dispone a lavarla entra a saco la policía en el salón de su casa leyéndole a voces un auto de procesamiento. Precisamente ese abrigo con la mancha será un cargo más para apoyar la acusación de  asesinato contra ella, Lara Brennan por la muerte de una persona.  Toda su  vida feliz junto a su mujer y su hijo pasa por los ojos de John en un segundo, angustiado desesperado e impotente jura que su mujer es inocente, a la vez que ve como el mundo se desmorona a sus pies. Con el pasar del tiempo conocerá a Damon Penninton (Liam Neeson), que le dará nociones para salir victorioso de esta maraña.

La crítica de “Los próximos tres días” nos sitúa ante una película atrapante hasta  el final, profundamente agridulce, cerrada, más aún, apretujada dentro del drama. En mi opinión, sigue la cinta de Fred Cavayé, “Cruzando el límite”, película francesa que protagonizaron Vicent Lindón y Diane Kruger; con semejantes predecesores, Haggis busca su visión particular y original de la gestación del relato, busca la subyugación y la emoción reivindicando su propiedad en la historia que presenta con un crescendo apasionante.

El director de “Crash(Colision)”, “El valle de Elah” y de famosos y exitosos guiones como “Million Dollar Baby” y “Banderas de nuestros padres”, con la estructura de su nueva película, no destaca de las anteriores, no es la más impactante, pero bordea su calidad. “Los próximos tres días” es una película con un magnífico perfil, drama tensionado, convencional pero interesante.

Russell Crowe, John, entregado profesor de inglés de la universidad, donde con sus alumnos está haciendo un análisis de “El  Quijote” y entre imágenes de ida y vuelta nos muestra algún pensamiento filosófico ejemplar, a la vez que sufre y trabaja su plan, sacrificio que le aguarda y al que se entrega inalterable con la tenaz tozudez y fuerza de un hombre que ama por encima de todo, una interpretación magnifica. Elizabeth Banks, como Lara,  es una actriz de la que no esperábamos que diera esa notable exégesis de su personaje. El resto del reparto desarrolla unas sólidas interpretaciones, con aplomo y solvencia consolidando un producto repleto de intriga.

En resumen, salvando detalles pequeños que no inciden en la perspectiva, es evidente que “Los próximos tres días” es una película que puede dejar huella, recomendable para quien le guste la intriga pero además sienta que el amor es una fuerza que mueve montañas.

Crítica: Franklyn

Cartel

Gerald McMorrow en “Franklyn” nos presenta un auténtico rompecabezas, dibujando cuatro historias de carácter alternativo, sombras disipadas en un mundo de desesperanza.

Jonathan Preest (Ryan Phillippe, El inocente) es un detective privado que oculta su rostro tras una máscara, en Ciudad Intermedia, una imaginativa y compacta urbe, inexorablemente gobernada por la fe y la exaltación religiosa. Preest no obedece a ninguna de las muchas religiones que allí habitan, él se define como el único ateo de ese mundo de gentes convencidas, él no necesita seguir una religión para transitar por Ciudad Intermedia, no es creyente, no tiene fe y además quiere matar a un hombre: “el individuo”. Peter Esser (Bernard Hill) es un hombre desesperado, que busca a su hijo desaparecido entre las calles del Londres actual, en hospitales y hospedajes de personas sin casa. Milo (Sam Riley) es un chico con el corazón roto pues su novia Caren le ha dejado justo antes de la boda. Emilia (Eva Green) es una linda estudiante de arte, sus proyectos para sus tesis son cada vez más complicados y arriesgados. Sally (Eva Green, también) la amiga de la infancia de Milo. Junto a ellos, un personaje enigmático (James Faulkner) que en cualquier momento del recorrido aparece en las vidas de todos los personajes.

Al hacer la crítica de “Franklyn”, destacaré que es una película que pide del espectador mucha atención y observación para evitar la pérdida de interés o de captar pistas significativas; podemos decir que McMorrow dirige esta película igual que un director de orquesta dirige a sus músicos, coordinando todos los elementos que la componen, imprimiendo a la obra una conjunción particular, poco a poco va convirtiendo en imágenes el guion que un día él mismo escribió, relato que hace vivo e impactante, impregna la obra de inspiración y de estilo propio. La fotografía hace del ambiente un lugar especial y cabal para acunar la exposición de los personajes, la música también está ajustada, y eso tan inverosímil que sale del guion de “Franklyn” es una inusitada pero turbadora forma de hacer cine, es un extraño comprimido en el que sobreviven dos mundos interconectados, un templado y selecto film de cine actual.

De “Franklyn” me quedo con la tensión que genera, con su forma de narración en fuga, la manera de mostrar los cuadros y escenas surrealistas, pero antes de acabar, y aunque no quisiera, tengo que incluir en el comentario la parte negativa de la película (no me gusta que queden frentes abiertos). Por lo demás la considero una obra con cimiento, un fresco de relaciones que plasma la trascendencia del dolor.

Yo recomiendo «Franklyn» pero cuidado: como he dicho antes, hay que saberla tolerar y asimilar, necesita implicación emocional y una reflexión, además de un debate posterior. Ya hablaremos…

Crítica: Chloe

CartelPara iniciar la crítica de “Chloe”, he decir que su verdadera raíz está en “Nathalie”, película francesa de Anne Fontaine, estrenada en el año 2004, aquélla, interpretada por Gerard Depardieu, Fanny Ardant y Emmanuelle Beart; por eso “Chloe” suena ciertamente francesa aunque su nacionalidad es canadiense. Esta versión la dirige Atom Egoyan, apuntalándose en el guion de Erin Cressida Wilson como en un mapa para atravesar todo su camino emocional; financiada con capital francés pero rodada en Toronto, Egoyan nos narra en ella una barajada trama, con elementos de la de Fontaine, reflexión amarga de las inseguridades de la segunda edad.

Al adentrarnos en el argumento de “Chloe”, nos encontramos con David (Liam Neeson); es un profesor de música en la universidad, regresa de viaje; en su inmensurable mansión, toda llena de cristaleras con unas vistas impresionantes le está esperando Catherine (Julianne Moore), su esposa, una reputada ginecóloga con trabajo en una clínica donde pasa la mayor parte de su tiempo, en la espera la acompaña su hijo Michael (Max Thieriot). Durante la ausencia de David el chico ha incumplido las normas de la familia trayendo a dormir a su novia a la casa, Catherine está disgustada y ansiosa por el momento de su llegada, incluso le ha preparado para darle la bienvenida una fiesta de cumpleaños con amigos, pero en plena espera David llama diciendo que ha perdido el avión. A Catherine, en ese momento, la paraliza una extraña sensación, que la lleva (cuando por fin su marido aparece) a mirar los mensajes del móvil. Descubre uno bastante expresivo, mensaje que deja vestigios de la infidelidad de su marido, no dice nada, pero desde el gran ventanal donde siempre se asoma ve entrar en un hotel que hay en la acera de enfrente, a una bella y hermosa mujer joven, Chloe (Amanda Seyfreid). Esto se repite. Catherine determina que tiene que hablar con ella.

“Chloe”, en el análisis, nos muestra como Egoyan dispone espacios para que se establezcan como parte de la historia, todo lo que vemos en la escena tiene un significado simbólico, desde las transparentes paredes, las manos de Catherine y de David apoyadas en los cristales de la ducha en esa casa de zonas abiertas a la luz, los espejos del restaurante donde se conocen las dos mujeres, todo el entorno cuando Catherine está sola, es frágil traslúcido, parece que la fuerza de la lógica quisiera avisarle: cuidado, no hagas nada que pueda romper el vidrio, no tires guijarros en tu cristalera que se rompe, no escudriñes, no averigües, quieta, quieta. En “Chloe”, los personajes se nos dan velados y en contraste con la transparencia de entorno forman ese conjunto discordante, los tres protagonistas con fragmentos psicológicos espinosos y debilidades endémicas, cada uno de ellos hallado en su disfraz, justificado en su retorcida cordura.

Egoyan, fiel a su forma sosegada, dirige «Chloe» un drama de suspense erótico, fiel a su estilo, deja abierta la incógnita del sentir de sus personajes, muestra desgarradora y cruelmente una pasión desgraciada, relaciones humanas poco convencionales que se salen de todos los cuestionamientos morales, (tema quizás para algunos incómodo). Desde el primer momento queda definida la posición del director frente al trío protagónico, retratando el inconveniente esencial de su locura activa, entre lo ancestral y lo actual, un mundo fronterizo de carácter puramente abstracto. Egoyan destacará siempre como el realizador de “Exótica”  y “El viaje de Felicia”, en «Chloe» enuncia los sentimientos con irracional carga de expresión erótica, y con pulida erudición la calidad hipnótica de sus planos, otros dos factores más circunstanciales pero no por ello menos poderosos sobresalen en la película, uno es, la fotografía que ofrece matices entonados, enmarques neutrales y perspectivas de cámara serenos y eficaces, el otro, los actores, Julianne Moore, una mujer que no controla su arranque de despecho (ella misma habla sobre la película en este vídeo), Liam Neeson un hombre con secretos, y Amanda Seyfreid, una mujer creyéndose en  potestad de su utensilio de trabajo: su cuerpo.

“Chloe” es una telaraña de pasiones navegando en el velero de Atom Egoyan , que en la tercera parte del  trayecto irremediablemente hace aguas, ese giro último emprendiendo rumbo  hacia la  resolución acaba con la travesía. Para mí siempre, “Exótica” y su banda sonora.

Crítica: Los ojos de Julia

CartelGuillém Morales en “Los ojos de Julia”, nos adentra en una historia de miedos humanos, a la oscuridad de los ojos, a la oscuridad interior, y al oscuro sentir de que alguien invada tu espacio privado, suspense e intrigas con instantes de terror sangriento y algún pasaje metafórico. El guion, del mismo  Guillém Morales y Oriol Angulo, da pie a su argumento y con él  entramos en la vida de Julia (Belén Rueda) a  la que apresa la noticia de la sorprendente muerte de su hermana, Sara (Belén Rueda, también), todo parece coincidir  en que se trata de un suicidio pero Julia impresionada por la desgracia y desconfiada por intuición, no puede aceptar los consejos de su marido  Isaac (Lluís Homar) y empieza a seguir la pista a vecinos, amigos y sitios en los que se desenvolvía su hermana Sara. Julia llevaba un tiempo separada de su hermana, ya casi seis meses sin verla, y cree que se ha perdido algo de ella, algo que se le escapa de las manos, algo tremendamente fuerte, recela de todo el mundo, sabe con certeza, que algo extraño se oculta tras su muerte.

En el análisis, “Los ojos de Julia”, es una película de Guillém Morales cargada de tensión y sustos, enchufando algún asentamiento al estilo de Hitchcock, pero imprimiendo el sello personal, a veces se nota un cierto envaramiento en el guion cuando se trata de resolver algunos difíciles procesos psicológicos que se nos dieron como pistas, con situaciones poco creíbles y giros y recursos demasiado repetidos. Al margen de esta limitación, el director, actuando con reglas propias, traza una línea efectiva logrando la forma de causar miedo, los climas opresivos y  la escenografía en todas las piezas, empezando por los opacos y umbrosos ambientes de la distintos escenarios, en los que aparece un senda de desconfianza, de pugnas negras y espeluznantes, que en el caso concreto de “Los ojos de Julia” son adecuadas y muy concretas para ayudar a dar vuelo, y configurar el pánico psicológico prometido.

Las situaciones y la intriga se centran en un solo punto, el objetivo de Julia, perseguir lo que solo ella alimenta: actos simples pero extremos, una sombra, un ruido, una luz, el plano de una cara de terror, una frase acostumbrada y prudente, en cualquier cosa, porque el signo, lo básico de esta película, su toque mágico, es su misterio y su alma, Belén Rueda. Esa confianza en la escena, esa desenvoltura, esa Julia tan bien interpretada, impresionante y magnífica su cara cuando el marido le va a decir que su hermana ha muerto.

Belén Rueda es eficaz cualquiera que sea el personaje tratado, en “Los ojos de Julia”, su pareja Lluís Homar (Pájaros de papel) consolida su valor como actor metiéndose en la piel de un marido un poco atípico, gran trabajo de Pablo Derqui que repite con Guillém Morales, ya trabajaron juntos en “El Habitante Incierto”, su primer largo, y Julia Gutiérrez Cava a la que ya vemos poco en las pantallas pero que sigue dando clases de maestría interpretativa. Mención especial para Fernando Velázquez, su característica música encumbra las escenas más matizadas y para Óscar Faura, pues la fotografía es puntual y proporcionada.

En “Los ojos de Julia”, el director ha transformado un débil guion en una película objetiva concreta, aquí radica su finalidad, no es una película perfecta, a veces incluso resulta simple pero constituye un entretenimiento de pánico cinematográfico que dentro de su género es respetable.

Pienso que el toque romántico sobra, me hubiera gustado más  sin el final metafórico.