Crítica: El Rito

CartelMe ocupa la crítica de “El Rito”, la radiografía de una historia descomedida, empapada de ficción e irrealidad hasta desmayar, sin posibilidad de perdurar; su mayor problema: publicitar su argumento como basado en hechos reales.

La trama de “El Rito” nos introduce  en la vida de Michel Kovak (Colin O´Donoghue), un chico normal, guapo, educado e inteligente, pero descontento. Michel ayuda a su padre en la profesión de embalsamador de cadáveres, está descentrado y no puede soportar lo desagradable del dichoso trabajito, entonces decide ingresar en el seminario a estudiar, así pasan cuatro años. Falto de fe y religiosidad decide no entregar su vida a Dios, escribe al superior para que verifique su renuncia, la respuesta es una fuerte amenaza que hace que Michel siga sin remisión en el seminario… Pasa el tiempo y lo mandan a Roma, y allí el obispo que tiene más de psicólogo que de lo otro, le asigna al muchacho, asistir a clases de exorcismo, para a continuación decidir que Michel debe visitar al padre Lucas Trevat (Anthony Hopkins), un sacerdote que vive en un alejado barrio en una casa lúgubre rodeada de gatos. Aquí empieza la locura de lo irreal. También  conocerá a una persona normal, Angeline (Alice Braga), una periodista que necesita información de primera mano sobre exorcismos.

La mayor  dificultad que presenta el análisis pormenorizado de “El Rito” estriba en la dificultad de, aportar en mi comentario, algo verdaderamente lógico escrutando más allá de las imágenes. He barajado todas las perspectivas para analizarla y no consigo encontrar la verdadera intención de esta película, ciencia ficción, futuro, terror, pasado ¿en qué lugar colocaremos “El Rito”?

Mikael  Hafstrom, como director, y Michel Petroni, como guionista, se basan en la novela de Matt Baglio y crean con “El Rito”, una película con estrategias de cine de terror, con toques de ciencia ficción y con insertos religiosos en las secuencias, manteniendo una perspectiva distorsionante con respecto a los protagonistas reales; los giros narrativos  y la peculiar resolución de cada cuadro, hacen que el espectador se confunda, con todo el trayecto de elementos amenazadores, pasando por la presencia de ese Satanás sin nombre que vive en ese mundo no seguro, y que en esta película, de verdad, da muy poco juego.

“El Rito” pretende partir de la fiabilidad de hechos reales pero es totalmente excesiva, increíble e irreverente; desde la perspectiva del cine de terror, muy pobre y sin dobleces; y, en la ciencia ficción, absurda y envejecida. No he visto en mucho tiempo una película de este tipo que se demore hasta el final para causar alguna sensación. Bueno, al final tampoco lo consigue, curiosamente una acaba sintiendo que la cámara ha fracasado en el intento de traspasar las barreras que brindan entretenimiento.

Anthony Hopkins un artesano de la interpretación,  expresivo en todos sus  gestos, logra como siempre convencer, ¡por favor Hopkins opte por mejores guiones!  Colin O´Donoghue en su  papel protagonista, es sensible y logra plasmar la crisis interna de ese sacerdote confundido, al que da vida de forma solvente. Alice Braga no se sabe qué pinta en la historia, sólo se la ve como otro elemento del entorno decorativo, cuando su personaje podía haber dado mucho juego.

En fin, que ni los actores  salvan la película.

Crítica: La trampa del mal

CartelEl solvente artesano de historias, M. Night Shyamalan, juega a desplegar un catálogo de sus propias referencias en “La trampa del mal”, la crítica de hoy viernes que con guion de Brian Nelson y dirección de John Erick Dowdle, utiliza un relato de Shyamalan. Se distingue por sus habituales lecciones apocalípticas y su arrebatadora mística emocional, con este largometraje aterrador, que deja sin argumentos a aquellos que le atacan basándose en que la identificación de su estilo no llega a los parámetros exigidos por él mismo. Esta nueva historia de Shyamalan es la primera parte de una trilogía llamada Crónicas de la noche.

Mi propósito al escribir este análisis es hacer una reflexión sobre el tema que nos pone sobre la mesa “La trampa del mal”. Un día como todos, te levantas, desayunas y sales a trabajar, o a cualquiera de los quehaceres que habitualmente hay que realizar fuera de casa, te subes en el metro o autobús y contigo decenas de personas, a la mayoría no las has visto antes, el lugar donde te diriges es la oficina, la consulta del médico o el gimnasio, da igual, el caso es que cuando llegas a tu destino para acceder a ello, necesitas coger el ascensor, otro medio donde se comparte un espacio limitado con gente desconocida. Eso es lo que le ocurre a: Old Woman (Jenny O’hara), Vicen McCormick (Geoffrey Ared), Ben Larson (Brokeem Woodbine), Sarat Alcaravea (Bojana Novakovic, Al límite) y Tony Janekowski (Logan Marshall-Green), los cinco personajes principales de “La trampa del mal”.

“La trampa del mal”, que tiene su propia página web, es una película que se mueve entre el género de terror y el puro thriller, con escenas dispuestas entre ellos, establece una auténtica barrera diferencial. Es toda la película una ilustración de los vacíos intentos de los cinco personajes, por salir de su jaula, momento donde lo paranoide se apodera y torna la difusa realidad, y la incapacidad de los de fuera para sacarlos del maldito ascensor. Curiosamente, o tal vez porque todo oscurece cuando ocurre algo fuerte, te quedas como que no sientes lo que te están vendiendo, no te saca ninguna piedad por eso terrible que te cuentan.  “La trampa del mal”, al ser una película de este tipo, tiene la posibilidad de avivar una serie de posibilidades infinitas, da una respuesta convincente pero pierde indefinidamente por su escalonado fundamento argumental y su pesado recorrido fantástico. En esta película, en mi opinión, coexisten demasiadas propuestas y se le da una mínima importancia a lo definido, a medida que avanza la proyección, el espectador expectante espera el desenlace, pero la resolución que se nos da no es del todo convincente; inconcluso se diluye el clímax en una obra que quizá funcionase de maravilla con diferente final. Por encima de todo esto, que sólo interesa a los que rebuscamos en los detalles de cada obra que vemos, hay una colosal tensión argumental y gran respeto a las criterios elementales del libreto Shyamalan del que podéis ver una entrevista aquí.

La próxima vez que suba en un ascensor seguro que escudriñaré en las caras de los que lo comparten conmigo para averiguar a cuál de ellos les viene mejor ser el malo de mi película, o quizá no lo haga, pero seguro que de la historia de Shyamalan sí que me voy a acordar.

Crítica: Los ojos de Julia

CartelGuillém Morales en “Los ojos de Julia”, nos adentra en una historia de miedos humanos, a la oscuridad de los ojos, a la oscuridad interior, y al oscuro sentir de que alguien invada tu espacio privado, suspense e intrigas con instantes de terror sangriento y algún pasaje metafórico. El guion, del mismo  Guillém Morales y Oriol Angulo, da pie a su argumento y con él  entramos en la vida de Julia (Belén Rueda) a  la que apresa la noticia de la sorprendente muerte de su hermana, Sara (Belén Rueda, también), todo parece coincidir  en que se trata de un suicidio pero Julia impresionada por la desgracia y desconfiada por intuición, no puede aceptar los consejos de su marido  Isaac (Lluís Homar) y empieza a seguir la pista a vecinos, amigos y sitios en los que se desenvolvía su hermana Sara. Julia llevaba un tiempo separada de su hermana, ya casi seis meses sin verla, y cree que se ha perdido algo de ella, algo que se le escapa de las manos, algo tremendamente fuerte, recela de todo el mundo, sabe con certeza, que algo extraño se oculta tras su muerte.

En el análisis, “Los ojos de Julia”, es una película de Guillém Morales cargada de tensión y sustos, enchufando algún asentamiento al estilo de Hitchcock, pero imprimiendo el sello personal, a veces se nota un cierto envaramiento en el guion cuando se trata de resolver algunos difíciles procesos psicológicos que se nos dieron como pistas, con situaciones poco creíbles y giros y recursos demasiado repetidos. Al margen de esta limitación, el director, actuando con reglas propias, traza una línea efectiva logrando la forma de causar miedo, los climas opresivos y  la escenografía en todas las piezas, empezando por los opacos y umbrosos ambientes de la distintos escenarios, en los que aparece un senda de desconfianza, de pugnas negras y espeluznantes, que en el caso concreto de “Los ojos de Julia” son adecuadas y muy concretas para ayudar a dar vuelo, y configurar el pánico psicológico prometido.

Las situaciones y la intriga se centran en un solo punto, el objetivo de Julia, perseguir lo que solo ella alimenta: actos simples pero extremos, una sombra, un ruido, una luz, el plano de una cara de terror, una frase acostumbrada y prudente, en cualquier cosa, porque el signo, lo básico de esta película, su toque mágico, es su misterio y su alma, Belén Rueda. Esa confianza en la escena, esa desenvoltura, esa Julia tan bien interpretada, impresionante y magnífica su cara cuando el marido le va a decir que su hermana ha muerto.

Belén Rueda es eficaz cualquiera que sea el personaje tratado, en “Los ojos de Julia”, su pareja Lluís Homar (Pájaros de papel) consolida su valor como actor metiéndose en la piel de un marido un poco atípico, gran trabajo de Pablo Derqui que repite con Guillém Morales, ya trabajaron juntos en “El Habitante Incierto”, su primer largo, y Julia Gutiérrez Cava a la que ya vemos poco en las pantallas pero que sigue dando clases de maestría interpretativa. Mención especial para Fernando Velázquez, su característica música encumbra las escenas más matizadas y para Óscar Faura, pues la fotografía es puntual y proporcionada.

En “Los ojos de Julia”, el director ha transformado un débil guion en una película objetiva concreta, aquí radica su finalidad, no es una película perfecta, a veces incluso resulta simple pero constituye un entretenimiento de pánico cinematográfico que dentro de su género es respetable.

Pienso que el toque romántico sobra, me hubiera gustado más  sin el final metafórico.

Crítica: Déjame entrar – (Let me in)

Cartel

“Déjame entrar (Let me in)”,  la nueva película de Matt Reevest, nos presenta la historia de un niño solitario. Sus padres  en trámites de divorcio y Owen (Kodi Smit-McPhee, La carretera) en el colegio está prácticamente marginado y  maltratado por sus compañeros de clase. Forzado a vivir en un barrio desolado y desértico, sin más compañía que la de su madre, algo cambia en la poco activa vida de Owen cuando conoce a una nueva y misteriosa vecina llamada Abby (Chloe Moretz), que acaba de mudarse al barrio junto a su taciturno padre (Richard Jenkins ). Ocupan la vivienda de debajo, el chico desde su ventana los ve entrar y salir, un día, provoca un encuentro con la niña y éste es el principio de una privada amistad.

“Déjame entrar (Let me in)” es un remake de la película del mismo título dirigida por Tomas Alfredson en el año 2008, adaptación que hizo del libro de John Ajuide Lindguist, producción sueca con la que este director obtuvo una enorme cantidad de premios. Enseguida fue considerada por los entendidos película de culto, así mismo en el público aparece todavía en la memoria de marera inmediata y precisa considerándola muchos espectadores como una de sus películas favoritas. Sabíamos que algún director americano copiaría la idea de inmediato. Ha sido Matt Reevest, que sigue el modelo de referencia en una memoria matemática y temática, pero con brochazos de unas circunstancias más bruscas, descarnadas y directas. El realismo en esta nueva versión se ve más explícito pero no por ello es más asequible. Reevest quiere sentar las bases de la novedad de la presentación haciendo el proyecto más suyo, más personal, pero se pierde por el camino ante un rosario de imágenes inconclusas. Si bien, si no existiera la original no se dejarían ver tanto, pero al comparar la singular y  garantizada de Alfredson con esta transcripción, añoramos el regusto de aquella composición de autoridad, sobriedad y minimalismo: aquel mapa de sentimientos inmerso en los ojos del espectador.

“Déjame entrar – (Let me in)” es el principio de una historia de amor y terror que lleva a los personajes más allá del lirismo adolescente y la ternura romántica, es una narración, un retrato de adolescencia atemorizada, cobarde, impotente en manos de un destino prefraguado y no lejos de las violentas emociones que sufren los enamorados ante la idea de que su amor es imposible, un amor que no tiene otra salida que saltarse las reglas y caminar hacia una especie de innegable anarquismo de por vida, subiéndose a un tren en marcha del que ya nunca se podrán bajar.

Michael Giacchino utilizando una mirada precisa a las escenas más enérgicas, consigue un extraño y fascinante equilibrio visual y sonoro, dándole al momento todo el poder y la fuerza permitida, este enorme director musical logra en cada trabajo dejar en el espectador el buen sabor de boca que permanece hasta el próximo encuentro. En la fotografía es necesario recordar que  Greig Fraser nos deja un trabajo perfecto, en cuanto a los actores, Kodi Smit-Mcphee, recrea con habilidad a este niño de doce años deseoso de cariño y ternura, Chloe Moretz le da un soplo de hechizo a un personaje tan delicado y a la vez tan dinámico, todos los demás actores se adaptan a las exigencias del director.

Como punto final, recapitulando el hilo con la dirección y guion, este remake no es la película aquélla traída a la actualidad, ésta que hoy nos ocupa, está regida por otras estampas que funcionan de acuerdo con los criterios que su director Matt Reevest ha estipulado.

Yo me quedo con la obra de Afredson.

Os dejo también el trailer de la película original.