Crítica: Don Mendo Rock – La Venganza

CartelAntes de empezar la crítica de “Don mendo Rock, ¿la venganza?”, he de decir que si no hubiera sabido de antemano que esta película está dirigida por José Luis García Sánchez, lo más seguro es que hubiera tomado otra decisión a la hora de entrar al cine, pero aquí está el realizador de “Divinas palabras” y “Tranvía a la Malvarrosa”, y de tantas otras que nos crearon tristezas y nos forjaron alegrías y sonrisas. La que ahora se ha estrenado muestra su lado más toscamente saludable, festivo y caricaturesco.

Su argumento nos centra en un pueblo de Andalucía donde Inés (María Barranco),  que es asistenta social, está tiene el cometido de  ayudar a montar la representación de «La venganza de don Mendo» que va a dirigir Juan (Antonio Resines, Celda 211), amigo de Inés desde jóvenes. Quiere conseguir que la gente del pueblo participe en el montaje de la obra para mejorar la convivencia,  Inés cuenta con la ayuda de Paco Cañete (Manuel Bandera), teniente de la Guardia Civil y responsable de la casa cuartel y que está casado con Lola (Paz Vega, Triage). Lola se siente cautiva por esta representación que implica a la Benemérita, porque el elegido para interpretar a don Mendo es, Goyito (Fele Martínez), el cabo, que además de colaborar en un grupo de música tiene una gran vena de actor, metiéndose en el papel y quedándose dentro. Tiene dotes suficientemente  tentadoras para las chicas, pero poco éxito entre ellas, es completito, además  tiene momentos bipolares y otros de frenética vocación artística. El pueblo esta alborotado todos quieren participar, pero hay un impedimento, y solo un voluntario incondicional.

Mas allá de la aportación al arte con su nueva obra, el principal objetivo de García Sánchez en  “Don Mendo Rock., ¿la venganza?”, es hacer una exageración costumbrista, llevada al absurdo, la historia que parece que ha sido creada sólo con la intención de hacer reír, presenta un amplio abanico de momentos en forma satírica y situaciones altamente humorísticas. Acuña un pequeño espectáculo musical a cargo de Kiko Veneno dentro de una exposición llena de disparates de lo que puede ocurrir en cualquier pueblo de España en este momento en el que estamos, con las diferentes etnias que coexistimos (tanto en el entorno rural como en las grandes ciudades). La crisis es otro asidero al que se agarra nuestro director a la hora de sacar su producto adelante, la corrupción política también sale a relucir y, lo que más destaca es la brutal desmitificación que logra de estamentos tan importantes como la Guardia Civil, merced a las necesidades de una obra de teatro y a sus dos cabecillas que hacen subir al escenario a los miembros más “eruditos” del cuerpo. Se desarrolla con diálogos despreocupados que se absorben rápido y hacen sonreír, “Don Mendo Rock, ¿la Venganza?” es un verdadero rosario de componendas y pericias sociales sacadas hábilmente  de lo cierto.

En cuanto a los actores Fele Martínez está acertadísimo, Paz Vega fenomenal, quizás un poco sobreactuada pero es justo lo que exige el guion, esta actriz es una mujer con talento pero a veces se la ha utilizado por los directores más llevados por su belleza que por sus cualidades para representar según que historias, aquí ya digo está en concordancia con lo que representa. Antonio Resines y María Barranco son ellos mismos sin desdoblarse de papeles anteriores, Manuel Banderas acertado, Elena Furiase cogiendo experiencia camina a buen paso, Yoima Valdés, linda, en su papel de mujer casquivana moviendo los hombros y las caderas al compás de la música y, el resto del reparto aceptable y divertido.

El momento, representante de la SGAE acertadísimo.

En resumen, no es una película que se pueda recomendar a quien quiera ver una obra maestra pero a mí me ha dado momentos divertidos y me ha hecho pasar dos horas agradables sonriendo  junto a personas a las que quiero.

Crítica: Yo soy el amor (io Sono l’Amore)

Cartel“Yo soy el amor” es un retrato fiel y detallista de una clase social, estampa de hipocresía y desigualdad, dirigida por Luca Guadagnino que tras el fracaso de su primera película “Melissa P”, arriesga una segunda vez y de seguro con gran acierto.

La historia tiene como escenario principal la casa de los Recchi, esta gran mansión en Milán es un lujo, grandes habitaciones, enormes salones, galerías interminables y, lo mejor, esos jardines ahora cubiertos por la nieve que le dan a la casona una imagen aún más suntuosa. La familia dispone de una posición privilegiada, son gentes de linaje, de doble moral peligrosa y recargada, en el campo de las relaciones de familia hay un gastado estancamiento entre los que conviven. Constituyen una clase que conserva sus antiguas usanzas, rutinas, hábitos, costumbres, y entre todo esto, su estricto y riguroso ceremonial. La saga está compuesta por Edoardo Tancredi (Gabriele Ferzettiy) y su mujer Emma (Tilda Swinton), llegada de Rusia para casarse hace muchos años y plenamente integrada en la cultura milanesa. Emma es una mujer atractiva, seguramente contrariada de seguir representando el papel que ya tuvieron sus antepasadas en la casa, pero sigue ahí en su especial prolongación del hábito. Sus hijos Elisabetta, (Alba Rohrwacher), Edoardo (Flavio Parenti) y Gianluca (Mattia Zaccaro). En Villa Recchi, el proceso de entrega del negocio familiar, conlleva un afianzamiento progresivo de los papeles y cada vez es más temida por los receptores, pues son conscientes de la clase a la que corresponden, son la gran potencia industrial en textil de Lombardía, con lo que supone de responsabilidad. Pero el abuelo ha decidido delegar en sus varones. En medio de todo el contubernio familiar aparece Antonio, (Eduardo Gabbiciellini) amigo de uno de los hijos, el chico es cocinero y es ajeno a este mundo de la burguesía, es un muchacho liberal y poco amigo del compromiso, aunque esta familia por distinción y posición social tiene un halo de frialdad para dirigirse a los que no son de su estirpe, a Antonio lo reciben de perlas y sobre todo algún miembro de la familia al que parece ser que le gusta el muchacho.

Al enfrentarme con el análisis y la crítica de “Yo soy el amor”, voy a establecer una distinción entre la realización (material) y la reconstrucción del texto. Mirando detenidamente, mucho tenemos que decir de la exhibición de este film, sincrético y tradicional, es fiel recordándonos algún maestro del cine italiano de los 70, pero a la vez es particular y característica su forma delimitar, por ejemplo, la realidad práctica y lo que no existe físicamente. Luca Guadagnino compone una obra atinada,  edificada sobre un lenguaje de silencios, de diálogos contenidos, su técnica de la cámara paseada de plano a plano, los encuadres fuera de argumento que desde el momento de su introducción en la escena ya son parte del contexto, la destreza de la fotografía puntualmente perfecta también sobresale, pero, además el meritorio ritmo narrativo que hace honor a un guion bien construido. La música subraya (quizás con demasiado énfasis) algunos puntos del metraje y los actores son muy oportunos y creíbles, destaco sobre todos ellos a Tilda Swinton, enorme en su papel, y para mí, dándole al personaje un toque almodovariano, elegante, excesiva, segura. Bella.

En cuanto a analizar las vidas que nos presenta Luca Guadagnino en “Yo soy amor”, todas juntas son un manojo de sentimientos reprimidos, de sueños frustrados, de apariencia cotidiana, un examen detallado de personajes que permite ver en cada uno de ellos diferentes aspectos de un mismo todo. La madre, Emma, la señora de intachable moral, arrastrada por la pasión, deja de ser el adorno ornamental de su divina casa; la hija sale de la doblez de lo cotidiano caminando hacia la decadencia de su estatus pero acariciando la realidad de sus sentimientos; los hijos, el abuelo, la abuela, incluso la multitud de criados que los asisten con arresto servil, todos se miran en un espejo de estirpe debilitada.

“Yo soy el amor” es ante todo la crónica de la destrucción de ideales de falsa talla moral, desde el escepticismo que permite la distancia de la clase y de los verigüetos de la trama, debo decir que el film engancha y merece respeto.

 

Crítica: Franklyn

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Gerald McMorrow en “Franklyn” nos presenta un auténtico rompecabezas, dibujando cuatro historias de carácter alternativo, sombras disipadas en un mundo de desesperanza.

Jonathan Preest (Ryan Phillippe, El inocente) es un detective privado que oculta su rostro tras una máscara, en Ciudad Intermedia, una imaginativa y compacta urbe, inexorablemente gobernada por la fe y la exaltación religiosa. Preest no obedece a ninguna de las muchas religiones que allí habitan, él se define como el único ateo de ese mundo de gentes convencidas, él no necesita seguir una religión para transitar por Ciudad Intermedia, no es creyente, no tiene fe y además quiere matar a un hombre: “el individuo”. Peter Esser (Bernard Hill) es un hombre desesperado, que busca a su hijo desaparecido entre las calles del Londres actual, en hospitales y hospedajes de personas sin casa. Milo (Sam Riley) es un chico con el corazón roto pues su novia Caren le ha dejado justo antes de la boda. Emilia (Eva Green) es una linda estudiante de arte, sus proyectos para sus tesis son cada vez más complicados y arriesgados. Sally (Eva Green, también) la amiga de la infancia de Milo. Junto a ellos, un personaje enigmático (James Faulkner) que en cualquier momento del recorrido aparece en las vidas de todos los personajes.

Al hacer la crítica de “Franklyn”, destacaré que es una película que pide del espectador mucha atención y observación para evitar la pérdida de interés o de captar pistas significativas; podemos decir que McMorrow dirige esta película igual que un director de orquesta dirige a sus músicos, coordinando todos los elementos que la componen, imprimiendo a la obra una conjunción particular, poco a poco va convirtiendo en imágenes el guion que un día él mismo escribió, relato que hace vivo e impactante, impregna la obra de inspiración y de estilo propio. La fotografía hace del ambiente un lugar especial y cabal para acunar la exposición de los personajes, la música también está ajustada, y eso tan inverosímil que sale del guion de “Franklyn” es una inusitada pero turbadora forma de hacer cine, es un extraño comprimido en el que sobreviven dos mundos interconectados, un templado y selecto film de cine actual.

De “Franklyn” me quedo con la tensión que genera, con su forma de narración en fuga, la manera de mostrar los cuadros y escenas surrealistas, pero antes de acabar, y aunque no quisiera, tengo que incluir en el comentario la parte negativa de la película (no me gusta que queden frentes abiertos). Por lo demás la considero una obra con cimiento, un fresco de relaciones que plasma la trascendencia del dolor.

Yo recomiendo «Franklyn» pero cuidado: como he dicho antes, hay que saberla tolerar y asimilar, necesita implicación emocional y una reflexión, además de un debate posterior. Ya hablaremos…

Crítica: Cyrus

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“The puffy chair” en 2005, “Baghead” en 2008, curiosa sucesión, sin duda del todo asumible; ahora, en 2010, “Cyrus” y todas ellas con dirección y guion de los hermanos Mark y Jay  Duplass, tienen una historia que contar y la cuentan seriamente, aportando por momentos algún toque de humor entremezclado con una gran proporción de gris emocional.

Antes de adentrarnos en la crítica de “Cyrus”, echemos un vistazo a su  argumento: John (John C. Reilly) está esperando unos minutos más, despertarse no significa forzosamente abrir los ojos, la luz entra por la ventana pero la calidez de las sábanas se opone testaruda a que John vuelva a probar el frío de su cuarto, de su casa y de su vida, en su cabeza el frío tiene una resistencia inusitada, el frío de su existencia es sólido, duro, extraño; por fin un golpe bronco le hace abrir los ojos, sin llamar a la puerta de su cuarto su ex mujer, Jamie (Catherine Keener) entra en la habitación. Siete años llevan divorciados, John no ha retomado su vida social, de hecho, su hundimiento es total y más con la noticia de que Jamie va a volver a casarse, ella le ayuda a salir adelante, le apena su tristeza, así, después de darle la noticia de su boda le convence para que asista a una fiesta.  Allí John conoce a Molly, (Marisa TomeiEl inocente) una chica agradable y seductora, enseguida surge entre ellos un especial feeling , inician una relación apasionada, pero Molly  preocupa a John con su actitud, un destello de desconfianza se abre paso dentro de su cabeza que tiene sabor a algo ya vivido muchos años antes. Ahora que él empieza a tener calor de nuevo, que la confianza vuelve a ser su amiga, ahora que ya no pierde el equilibrio, tiene miedo a lo que Molly le pueda ocultar y decide seguirla hasta su domicilio. John descubre que el secreto de Molly es su  hijo, Cyrus (Jonah Hill, Increíble pero falso) un chico de veintidós años.

“Cyrus” es un procaz ejercicio inteligente y sarcástico de las relaciones cotidianas del momento, ya que cuenta con unas posibilidades muy amplias, responde acertadamente a algunas de las manifestaciones de la complejidad de la convivencia. Los hermanos Duplass hacen una reflexión profunda y una exploración arriesgada de los mecanismos que nos mueven a la hora de tomar decisiones y  del miedo al cambio, a lo nuevo, a lo desconocido. Los conceptos del relato y el discurso tienen el mismo propósito, utilizarlos como sistema para llegar a un juicio más fiel y completo por parte del espectador.

“Cyrus” a veces deprime, otras nos saca una sonrisa, pero nunca nos decepciona, Mark y Jay Duplass consiguen una película cargada de profundidad y sentimiento, historia de aventura humana, camino incómodo por el que muchos de nosotros andamos deambulando, sin posibilidades ni perspectivas.

En el reparto, el grupo de actores que adoptan las vidas de los personajes, están realmente acertados, destacando la interpretación cara a cara de John C Reilly y Jonah Hill, magníficos.

“Cyrus” es una obra de fácil análisis y de lectura ligera, pues todas sus propuestas implican situaciones de naturaleza elemental. Para mí es una película aceptable.