Crítica: Blancanieves

Cartel

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En el año 1988 Pablo Berger hacía su primera incursión en el cine con un corto; de la mano del cineasta Álex de la Iglesia, en 2003 su segundo trabajo, “Torremolinos 73”, y nueve años después, en 2012, nos ofrece una exagerada y surrealista obra. Crítica de la película “Blancanieves”, popular cuento de los hermanos Grimm, que Berger ambienta en Andalucía, durante los años 1910-1920.

Más o menos: érase que se era, un pueblo tan triste y sombrío, que cualquiera que hubiera pasado por allí no se lo creería. En aquel momento todo era gris, o mejor dicho blanco y negro, y todo era expectación en aquel trocito del mundo. El cielo azul se tornaba en sombras, y los prados y las calles y las gentes eran como una redecilla plateada extendida sobre un escenario. Todo estaba silencioso hasta que sonaba la música cual señal para que empezaran a ocurrir cosas extrañas. En una de las casas del pueblo, se abrió una ventana por la que vimos la cabecita de una chiquilla, estaba triste, en su pueblo triste. La cabecita pareciera que nos escuchara y nos invitara a pasar, -aunque ella estaba encerrada bajo llave en una habitación gris o mejor dicho, blanco y negro-, y pasamos… aquella casa era la casa más grande del pueblo y los dueños los más ricos de la comarca. El hombre, un profesional en el arte de torear y otras lides, -un entretenimiento, vicio u oficio que por aquellas tierras daba a ganar al que lo practicaba mucho, mucho dinero-, “el torero”, que así se hacía llamar, había enviudado, y en segundas nupcias estaba casado con la terrible madrastra, una bella mujer que con su riqueza vivía feliz y despreocupada, se adornaba con sortijas, brazaletes y collares y sus trajes eran como de princesa, todos grises, o mejor dicho blanco y negro. Blancanieves que así se llamaba la niña fue arrastrada de los brazos de su abuelita por la áspera mujer de su progenitor, pasó días muy, muy desconsolada, enclaustrada y haciendo labores de sirvienta. Hasta que un día la humilde y pacífica niña después de años pasando calamidades, acompañada del valor y el pensamiento se escapó. Sí, amiguitos, se marchó al bosque. Desconsolada y más sola que nunca, se sentó llorando debajo de un árbol, y quiso la suerte que en un instante acertara a pasar por allí un hombre pequeño y alegre, vestido de campesino de los pies a la cabeza que mirando a la jovencita tan triste y desamparada, se conmovió de tal forma que enseguida llamó a sus hermanos. Conviene que nos detengamos aquí, pues estamos llegando a la casa de los siete enanitos del bosque y de sobra sabemos que todos, uno tras otro, irán presentando sus conclusiones y ofertas para que la jovencita se quede a vivir con ellos… Cuentan pregoneros y charlatanes que fueron felices y comieron perdices… Alguien también dijo que la muchacha marchó con este grupo itinerante y aprendió el oficio de sus siete-seis camaradas y que fue famosa por ello… Seguramente muy, muy rica,… Ya os dije al principio: era un pueblo triste y sombrío… y gris, o mejor dicho blanco y negro.

El guión de Pablo Berger hace una excelente mezcla entre el drama y la tragedia, batiéndose de modo ajustado en una oscuridad de sentimientos, con una estructura perversa y castradora y una gran potencia de la narración visual. Excelente la fotografía de Kiko de la Rica, el trabajo de diseño de producción impecable, la música de Alfonso de Vilallonga, plena como elemento conductor, brillante puesta en escena y sumamente original. Pero a pesar de estos ingredientes, cuando terminamos de ver la película, nos damos cuenta de que no es la obra maestra que nos han recomendado, pues peca principalmente de exceso, en escenas tipo flashbacks, en la maldad sin sentido del personaje principal y en la sobreactuación en algunas escenas y ocasiones, cargas todas ellas que privan de su presumible eficacia al desarrollo de la historia.

La madrastra (Maribel Verdú),  el padre (Daniel Jiménez Cacho), Blancanieves (Sofía Oria y Macarena García), la abuela (Ángela Molina), Inma Cuesta y muchos otros actores más desfilan sus rostros ejemplares: seguros, consecuentes, tranquilos, paseando a sus personajes con gran potencia interpretativa, buenas actuaciones más allá del hecho de que estén trabajando un buen guión o no.

Crítica: Miel de naranjas

CartelEs una ficción apoyada en hechos reales: la represión, el abuso y la muerte, en la década de los 50. Imanol Uribe, con guion de Remedios Crespo, muestra aspectos concretos del franquismo y la izquierda clandestina. Crítica de la película “Miel de naranja”.

Enrique (Iban Garate) está haciendo el servicio militar, con pocas ganas y mucho trabajo, el joven está a las órdenes de un militar de alto grado que además es juez, don Eusebio (Karra Elejalde). Este soldado hace trabajo de chófer y de escribiente. Estamos en la capital de Andalucía. Enrique conoce a Carmen (Blanca Suárez) se enamora de ella y ella de él. El chico desea ilusionadamente estudiar magisterio pero su superior manifiesta unas intenciones bien distintas y exige que es mejor que se quede en el juzgado de la ciudad. El chico no puede forzar su voluntad y acepta. Su madre, María (Ángela Molina) permanece en un centro psiquiátrico, loca de dolor por la muerte de dos de sus hijos y su marido en la pasada guerra, Enrique sensibilizándose cada día más por las injusticias represivas que presencia piensa que para cambiar el rumbo de las cosas, algunos tienen que actuar.

“Miel de naranja” se centra principalmente en la vida de un muchacho, en cuya mente, poco a poco, van germinando la duda, la reflexión, el desconcierto y en el momento en que este personaje es capaz de pensar: la vida no es esto.

Toda la película hasta llegar a esta comprobación desalentada y lógica, se construye como una reflexión de aquel tiempo maldito, sobre sus justificaciones circunstanciales y sobre su problemática reprobación. Uribe ha tenido el valor de aproximarse, desde una perspectiva simulada, al problema capital de la posguerra española y ha tenido la honestidad de hacerlo sin prejuicios ni mitificaciones, con una técnica narrativa segura y sobria, más interesado en dejar el documento para la posteridad que en construir una película técnicamente perfecta. Y ahí está el testimonio, en este friso impresionante de personajes arrastrados a los infiernos por conservar el poder y la ambición. Mucho de lo que vemos en esta película recordará al espectador de manera inmediata otros hechos parecidos en los que otras películas han sido basadas, no importa, la profusión en este caso es bienhechora, esto es fondo histórico, producto de un estudio minucioso y también consecuencia de un contacto directo con los retratados, con los damnificados, con los idealistas.

“Miel de naranja” pone luz y chasquido en el pensamiento, más allá de la ambientación que es perfecta, de la fotografía acertadísima y de las interpretaciones (entre los actores también se cuentan Eduard Fernández, Ramón Ibarra, Nora Navas y Bárbara Lennie). De lo importante y lo trivial. De los imponderables que convierten en simetría un sinsentido. Tantas muertes escondidas lo confirman. La gente insatisfecha, la enfermedad, el hambre y todo aquello que debiera de haber levantado de su sillón al dictador. Pero, además, si acaso no lo he dicho “Miel de naranja” es una buena película, tensa, lúcida y contrastada, que nos presenta el lado más humano y el más brutal de la persona.

Baarìa

Hablemos primero de Giuseppe Tornatore, el reputado director italiano de películas tan reconocidas y premiadas como “Malena”, “Pura formalidad”, “La leyenda de la pianista en el océano” y “Cinema paradiso”, -galardonada en 1988 con un Oscar y un Globo de Oro-. En el año 2006 dirige “La Desconocida”, alabada en todo el mundo por la crítica como excelente y después de cuatro años nos obsequió con otro de sus manjares cinematográficos: el título es “Baaria”, nombre que da el dialecto siciliano a la ciudad de Bagheria , en Sicilia, en la provincia de Palermo, sitio donde nació y vivió durante veintiocho años este magnifico director de cine.

En la mente de Tornatore siempre estuvo hacer esta película, ahora a sus cincuenta y tres años ha creído que es el momento oportuno, es una historia intergeneracional que tiene como fondo, por momentos, la evolución del comunismo, la guerra mundial, la posguerra, la republica, el resurgimiento del fascismo y la convivencia con los fascistas, visto desde tres generaciones, de 1930 a 1980. A través de Peppino Terranova (Francesco Scianna) entraremos en la vida de su padre Cicco y de su hijo Pietro y en toda una serie de acontecimientos. Es una historia coral relatada de forma épica, con un profundo latido de humanidad, que nos trasmite la melancolía, las alegrías, las tristezas y el amor, de un grupo de personajes muy acertados.

En la entrevista que concedió el director  en el  pasado Festival de Venecia éstas fueron sus palabras: “durante mas de veinte años he estado pensando hacer una película de esta temporada de mi vida en la que todo trascurría en esas calles que sólo ocupaban unos cientos de metros pero en los que aprendí todo lo que el mundo nunca podrá enseñarme, es un punto de vista, relatar una historia que uno podría aplicar a cualquier otro lugar. La idea era contar la vida de un coro de personajes dentro de un microcosmos, que es un pueblo, donde uno escucha continuamente todo lo que ocurre alrededor, el eco de todo lo que ocurre a lo lejos”.

Esto es verdaderamente esta preciosa película.

Adornada con la partitura extraordinaria de Ennio Morricone, magnífico compositor, y músico fetiche de Giuseppe Tornatore, (ya es su octavo trabajo juntos). La recreación de la época, la excelente fotografía, el vestuario, todo seduce al espectador adulto, un espectador seguidor de este director que a los dieciséis años ya escenificó unos textos de Pirandello, y que durante toda su trayectoria siempre ha trabajado al servicio del buen cine, entrega total durante más de veinte años.

Esta producción es la de más presupuesto en la historia del cine en Italia, se dice que 25 millones de euros, ha sido rodada en Túnez con sesenta actores, ciento cincuenta aficionados y más de veinte mil extras, hay que reconocer el gran  trabajo técnico, pues el pueblo hubo que transformarlo en la medida en que evolucionaban la historia y los personajes, del grupo de actores sólo decir que todos desarrollan su papel adecuadamente, tanto profesionales como aficionados. Ángela Molina ha tenido la suerte de ser miembro del equipo actoral.
Tornatore con esta obra sostenida hace un reconocido homenaje a su pueblo natal. Yo, al verla me he sentido en mi propio pueblo, hace años cuando las circunstancias y el entorno eran muy parecidos. Mis primos, mis amigos, mis  abuelos, mis padres,  mi hermano, mi humilde casa y con todo eso y a pesar de las circunstancias, esa desbordante alegría que siempre nos habitaba, ese amor por encima de todo. “Baaria” me ha trasportado al centro del universo de mi infancia. Gracias por hacerme oír tan virtuosamente la llamada del tiempo

Ni que decir tiene que me parece un buen regalo para los sentidos.