Crítica: Tengo algo que deciros

Cartel

Premio Cine Europeo en 2010 a la mejor música, y algún galardón más, nos hallamos ante esta película, “Tengo algo que deciros”, comedia italiana  con tintes románticos, enclaustrada en un aurea de timbres de comedia italiana típica. En la dirección, el guionista y director italiano Ferzan Ozpetek, cineasta nacido en Turquía, pero que desarrolla su carrera en su querida Italia. Una de sus características principales es que  sus películas son rodadas casi siempre en Roma.

En “Tengo algo que deciros” sigue fielmente las prácticas herederas del costumbrismo burgués de los grandes maestros del cine de este país; así, el director, se sumerge en la vida de Alba (Nicole Grimando), una señora mayor que lleva mucho tiempo alimentando su vida de evocaciones antiguas, han pasado muchos años, ahora al subir a su cuarto, después de un paseo a través del campo, Alba encuentra cercano aquel  pasado que siempre ha sentido pero que nunca ha querido que aflore a la superficie, ella la matriarca de la familia Cantone.  Los Cantone famosos fabricantes de la mejor pasta italiana. Alba es una mujer fuerte y enjuta, siempre pendiente de su entorno familiar, siempre al tanto de su hijo Vicenzo (Ennio Fantastidini), la esposa Stefania (Lunetta Savino), y los hijos de estos, sus nietos. Su papel, dar consejos y prodigar gestos de amor sobre todo a Tommazo (Ricardo Scarmacio, Edén  al oeste) el más pequeño de los tres, el mayor es Antonio (Alejandro Preziosi) que pronto heredara la dirección del negocio familiar, y Elena la única niña, a los tres trata de guiar por encima de convencionalismos hacia una forma de vivir y pensar en la que nada les impida amar y vivir en libertad.

Es gratificante para mí hacer la crítica de esta película después del buen momento que acaba de proporcionarme, ríes, te emocionas y sonríes en el mismo instante pues Ferzan Ozpetek otorga un auténtico sentido vigente a todos sus personajes, a  la configuración de las distintas formas de mirar la vida y su unificación, y lo muestra con las características de cada uno de forma clara.

Trabajada con escuadra y cartabón, sobre una idea que se va apreciando a medida que avanza su recorrido. Desde el punto de partida es interesante.

“Tengo algo que deciros” tiene algo que la hace especial y creo que es, su presentación discreta, sin grandes parafernalias narrativas en el tiempo del trascurrir de cada personaje, te enseñan cosas habituales llevadas al límite para divertir, que por ofrecerlas de forma sutil algunas pueden pasar inadvertidas, pero que en realidad dentro llevan la denuncia de la falta de sinceridad, de la pesada incomunicación y la intransigencia dentro de la familia burguesa, pero ya, digo, con una enorme naturalidad expositiva.

La música de Pasquale Catalano, acompaña, y más que acompañar forma parte de los elementos básicos del filme, pone en él, si cabe, ese tono más folclórico loco de pluma, que divierte. Sin este toque la película pudiera tener otro sentido y otro resultado, también tengo que añadir que  la sinceridad que aportan Ricardo Scamarcio y Nicloe Grimando, en su interpretación,  es, junto con la música, ese punto de apoyo que aporta fuerza al conjunto.

Lo que cuenta Ferzan Ozpetek no es nada nuevo, lo que pretende sí lo consigue, si es entretener lo que quiere, me gusta.

Crítica: El discurso del rey

CartelTom Hooper y su nueva película, -a la que hoy dedicamos la crítica-, “El Discurso del Rey”, estrenada en plenas fiestas navideñas, promete como trabajo y se les vislumbra gran éxito de taquilla. La cinta cuenta la historia de la familia real inglesa a finales de los años treinta.

El rey Jorge V (Michael Gambon), muere y después, el príncipe Eduardo VIII (Guy Pearce),  cuando sólo lleva 326 días de reinado, abdica, por el amor de su amante Wallis Simpson, una mujer americana con residencia en Inglaterra con un pasado de al menos dos matrimonios, que hace que la iglesia no les permita casarse. El rey esta  entregado en cuerpo y alma a ella  y deja el trono dando un gran discurso por la radio para proclamar su amor, su hermano el príncipe Alberto, duque de York,  Bertie (Colin Firth), de repente se convierte en el rey Jorge VI y emperador de la india (el último). Afectado desde siempre por un angustiado tartamudeo, asciende de esta repentina forma al trono. Su país se encuentra al borde de la II Guerra Mundial y necesita desesperadamente un guía, por lo que su esposa Elizabeth (Helena Bonham Carter), le pone en contacto con un logopeda, el doctor Lionel Logue (Geoffrey Rush). Al principio tendrán enfrentamientos debido a sus diferentes puntos de vista pero los dos se sumergen de lleno en esa terapia poco habitual. Con el apoyo de Logue, su familia, su gobierno y su primer ministro, Winston Churchill (Timothy Spall), -que como buen orador fue ejemplo a seguir por su superior-, el rey supera sus problemas y su complejo.

Tom Hooper, del que podéis escuchar una entrevista aquí, con “El discurso del rey” nos da un potente recital de sobriedad que supera a la ya excelente “The Damnend United”. Está rodada con estruendosa efectividad, con acento inglés pero con una enorme tonalidad americana, retratando una institución crónica, una augusta monarquía, desde donde sobresalen y se desnudan ante nosotros los sentimientos de un personaje a medida que avanza la película. Un hombre inseguro, un hombre desmantelado por culpa de sus taras.

En el guion no existen grandes novedades que estén fuera del conocimiento del espectador, lealtad, pasión, secretos palaciegos, así funciona esta película, predominando la política de los viejos códigos, del oficio por beneficio.

La enunciación del film se detiene minuciosamente en la descripción de la perplejidad del rey, en la insostenible tartamudez y sus mímicas de desconcierto. Pero sigue, no dejaré de advertirlo, ausente en la alquimia del símbolo, o bien su temor expande su pasividad hasta que impulsado por su esposa y su logopeda, se entrega inalterado, aun cuando se reviste de desdén, se  destruye y despieza hasta la desintegración sin querer aceptar la única salida. Aún así, poco a poco,  el valiente rey cobarde, encarando los polos focalizadores del monarca, se encuentra en el hombre realizado y capaz.

Con una puesta en escena tan brillante como la de Colin Firth, que  lleva perfectamente el peso de la película, es imposible que la historia no te toque la sensibilidad. Helena Bonham Carter, Geoffrey Rush, Derek Jacobi, Robert Portal, Richard Dixon, Pave Rusel,  cabe que deduzcamos  que su director ha puesto este plantel ante el espectador para que cayéramos rendidos ante un film con tanto peso pesado de la interpretación.

Es ésta una película seria que tramite lo que seguramente la reina Isabel quisiera que se supiera de su padre, por tanto una película cómoda.

Crítica: Yo soy el amor (io Sono l’Amore)

Cartel“Yo soy el amor” es un retrato fiel y detallista de una clase social, estampa de hipocresía y desigualdad, dirigida por Luca Guadagnino que tras el fracaso de su primera película “Melissa P”, arriesga una segunda vez y de seguro con gran acierto.

La historia tiene como escenario principal la casa de los Recchi, esta gran mansión en Milán es un lujo, grandes habitaciones, enormes salones, galerías interminables y, lo mejor, esos jardines ahora cubiertos por la nieve que le dan a la casona una imagen aún más suntuosa. La familia dispone de una posición privilegiada, son gentes de linaje, de doble moral peligrosa y recargada, en el campo de las relaciones de familia hay un gastado estancamiento entre los que conviven. Constituyen una clase que conserva sus antiguas usanzas, rutinas, hábitos, costumbres, y entre todo esto, su estricto y riguroso ceremonial. La saga está compuesta por Edoardo Tancredi (Gabriele Ferzettiy) y su mujer Emma (Tilda Swinton), llegada de Rusia para casarse hace muchos años y plenamente integrada en la cultura milanesa. Emma es una mujer atractiva, seguramente contrariada de seguir representando el papel que ya tuvieron sus antepasadas en la casa, pero sigue ahí en su especial prolongación del hábito. Sus hijos Elisabetta, (Alba Rohrwacher), Edoardo (Flavio Parenti) y Gianluca (Mattia Zaccaro). En Villa Recchi, el proceso de entrega del negocio familiar, conlleva un afianzamiento progresivo de los papeles y cada vez es más temida por los receptores, pues son conscientes de la clase a la que corresponden, son la gran potencia industrial en textil de Lombardía, con lo que supone de responsabilidad. Pero el abuelo ha decidido delegar en sus varones. En medio de todo el contubernio familiar aparece Antonio, (Eduardo Gabbiciellini) amigo de uno de los hijos, el chico es cocinero y es ajeno a este mundo de la burguesía, es un muchacho liberal y poco amigo del compromiso, aunque esta familia por distinción y posición social tiene un halo de frialdad para dirigirse a los que no son de su estirpe, a Antonio lo reciben de perlas y sobre todo algún miembro de la familia al que parece ser que le gusta el muchacho.

Al enfrentarme con el análisis y la crítica de “Yo soy el amor”, voy a establecer una distinción entre la realización (material) y la reconstrucción del texto. Mirando detenidamente, mucho tenemos que decir de la exhibición de este film, sincrético y tradicional, es fiel recordándonos algún maestro del cine italiano de los 70, pero a la vez es particular y característica su forma delimitar, por ejemplo, la realidad práctica y lo que no existe físicamente. Luca Guadagnino compone una obra atinada,  edificada sobre un lenguaje de silencios, de diálogos contenidos, su técnica de la cámara paseada de plano a plano, los encuadres fuera de argumento que desde el momento de su introducción en la escena ya son parte del contexto, la destreza de la fotografía puntualmente perfecta también sobresale, pero, además el meritorio ritmo narrativo que hace honor a un guion bien construido. La música subraya (quizás con demasiado énfasis) algunos puntos del metraje y los actores son muy oportunos y creíbles, destaco sobre todos ellos a Tilda Swinton, enorme en su papel, y para mí, dándole al personaje un toque almodovariano, elegante, excesiva, segura. Bella.

En cuanto a analizar las vidas que nos presenta Luca Guadagnino en “Yo soy amor”, todas juntas son un manojo de sentimientos reprimidos, de sueños frustrados, de apariencia cotidiana, un examen detallado de personajes que permite ver en cada uno de ellos diferentes aspectos de un mismo todo. La madre, Emma, la señora de intachable moral, arrastrada por la pasión, deja de ser el adorno ornamental de su divina casa; la hija sale de la doblez de lo cotidiano caminando hacia la decadencia de su estatus pero acariciando la realidad de sus sentimientos; los hijos, el abuelo, la abuela, incluso la multitud de criados que los asisten con arresto servil, todos se miran en un espejo de estirpe debilitada.

“Yo soy el amor” es ante todo la crónica de la destrucción de ideales de falsa talla moral, desde el escepticismo que permite la distancia de la clase y de los verigüetos de la trama, debo decir que el film engancha y merece respeto.

 

Crítica: Franklyn

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Gerald McMorrow en “Franklyn” nos presenta un auténtico rompecabezas, dibujando cuatro historias de carácter alternativo, sombras disipadas en un mundo de desesperanza.

Jonathan Preest (Ryan Phillippe, El inocente) es un detective privado que oculta su rostro tras una máscara, en Ciudad Intermedia, una imaginativa y compacta urbe, inexorablemente gobernada por la fe y la exaltación religiosa. Preest no obedece a ninguna de las muchas religiones que allí habitan, él se define como el único ateo de ese mundo de gentes convencidas, él no necesita seguir una religión para transitar por Ciudad Intermedia, no es creyente, no tiene fe y además quiere matar a un hombre: “el individuo”. Peter Esser (Bernard Hill) es un hombre desesperado, que busca a su hijo desaparecido entre las calles del Londres actual, en hospitales y hospedajes de personas sin casa. Milo (Sam Riley) es un chico con el corazón roto pues su novia Caren le ha dejado justo antes de la boda. Emilia (Eva Green) es una linda estudiante de arte, sus proyectos para sus tesis son cada vez más complicados y arriesgados. Sally (Eva Green, también) la amiga de la infancia de Milo. Junto a ellos, un personaje enigmático (James Faulkner) que en cualquier momento del recorrido aparece en las vidas de todos los personajes.

Al hacer la crítica de “Franklyn”, destacaré que es una película que pide del espectador mucha atención y observación para evitar la pérdida de interés o de captar pistas significativas; podemos decir que McMorrow dirige esta película igual que un director de orquesta dirige a sus músicos, coordinando todos los elementos que la componen, imprimiendo a la obra una conjunción particular, poco a poco va convirtiendo en imágenes el guion que un día él mismo escribió, relato que hace vivo e impactante, impregna la obra de inspiración y de estilo propio. La fotografía hace del ambiente un lugar especial y cabal para acunar la exposición de los personajes, la música también está ajustada, y eso tan inverosímil que sale del guion de “Franklyn” es una inusitada pero turbadora forma de hacer cine, es un extraño comprimido en el que sobreviven dos mundos interconectados, un templado y selecto film de cine actual.

De “Franklyn” me quedo con la tensión que genera, con su forma de narración en fuga, la manera de mostrar los cuadros y escenas surrealistas, pero antes de acabar, y aunque no quisiera, tengo que incluir en el comentario la parte negativa de la película (no me gusta que queden frentes abiertos). Por lo demás la considero una obra con cimiento, un fresco de relaciones que plasma la trascendencia del dolor.

Yo recomiendo «Franklyn» pero cuidado: como he dicho antes, hay que saberla tolerar y asimilar, necesita implicación emocional y una reflexión, además de un debate posterior. Ya hablaremos…