Crítica: Handia

Los directores de cine vascos Jon Garaño y Aitor Arregi dirigen una historia inspirada en hechos reales, escrita por ellos mismos y los también cineastas José Mari Goenaga y Andoni de Carlos. Embarcados en un viaje en el tiempo nos muestran lugares donde vuelven a repetirse los sueños y la premura del amanecer, alfombrados de blanco o verde: “Handia”

Cuando comienza la película, después de una hermosa presentación de Euskadi, las imágenes envuelven algunos combates de la Primera Guerra Carlista, estamos aproximadamente en 1836 y la acción emocional nos lleva a un caserío de Altzo (Guipúzcoa). Allí vive Martín Eleizegi (Joseba Usabiaga), hermano mayor de Miguel Joaquín Eleizegi (Eneko Sagardoy ) e hijo de Antonio Eleizegi (Ramón Agirre). Martín, sin que nadie lo pueda impedir es reclutado por las fuerzas carlistas. Pasa la guerra y la vida en el caserío continúa pobremente, Martín tarda tres años en regresar con su hermano y con su padre y cuando decide volver descubre con sorpresa que su hermano menor es mucho más alto de lo normal. Convencido por un promotor de fiestas de que todo el mundo querrá pagar por ver al hombre más grande que existe, que no para de crecer, ambos hermanos se embarcan en un largo viaje por Europa en el que la ambición, el dinero y la fama cambiarán para siempre el destino de la familia.

“Handia” es un generoso, rico y aplicado drama, sin ser una propuesta novedosa funciona a la perfección. Responde al patrón del cine con encanto, el que aglutina lugares comunes con algo parecido a la fantasía. Escenarios de cuento, el caserío donde vive la familia protagonista, los paisajes, las gentes. Los directores saben sacarle partido: le otorgan una atmósfera espesa de sentimientos encontrados y exprimen su condición dramática en laberintos de posos por descubrir. Otra de las destrezas de “Handia” es la pericia y habilidad del guion para vincular con tanta precisión aquel pasado en este presente. Los hechos pueden estar más o menos ceñidos a la realidad pero la conexión de los personajes y el mundo antiguo hipnotiza. Lo más atractivo es la forma, esa elegancia y sus enmarcaciones.

En “Handia”, Miguel Joaquín Eleizegi, el gigante de Guipúzcoa tiene una gran solemnidad original  como definición de su microcosmos marginal, a la búsqueda siempre de contar, de decir, de explicar lo que siente. Está magníficamente filmado, respetando siempre al original. Los escenarios naturales hacen también más accesible los extensos espacios metafóricos que en la percepción final expresan la desorientación y el agotamiento. La precisión de encuadres, el ritmo, la solidez visual cuya imagen siempre funciona, la dimensión ambiental…

La música del compositor francés Pascal Gaigne es un privilegio para la película. La fotografía del director vasco, Javier Aguirre, perfecta.

Eneko Sagardoy defiende su personaje con actitud apasionada, lo caracteriza imprimiendo en su piel toda la inocencia, la conformidad y la incomprensión de la víctima. Excelente.  Joseba Usabiaga aporta a su personaje fuerza, arrogancia, mostrando a la perfección su frivolidad, sus contradicciones y, finalmente, el amor a su hermano. Ramón Agirre, impecable en su personaje. El resto del reparto, entre ellos Iñigo Aranburu, Aia Kruse y Iñigo Azpitarte, muy acertados.

Suscribo las palabras de Jon Garaño, Handía “encarna una reflexión sobre el modo en que el ser humano se ve abocado a cambios imparables”.

Crítica: Lady Bird

La joven cineasta estadounidense Greta Gerwig se encarga de la dirección y el guion de “Lady Bird”, su primer largometraje, con el que da un paso enorme en el mundo del cine. Hasta ahora conocida por algún proyecto en películas de compañeros y principalmente por su carrera de actriz, Greta Gerwig por encima de todo confiere a su relato equilibrio en su mirada emocional de la adolescencia.

Christine McPherson, que se hace llamar Lady Bird McPherson (Saoirse Ronan), es una joven adolescente que vive en Sacramento, California, junto a su familia. Su madre Marion (Laurie Metcalf) es una mujer preocupada por el bienestar de su familia, sumergida en una clase social media baja, en la que el dinero no les llega para todas las necesidades, sobre todo para los pensamientos de futuro de su hija, Lady Bird. Ella trabaja como enfermera y su marido y padre de la chica, Larry (Tracy Letts) no tiene trabajo. Lady Bid McPherson o Christine, como queramos llamarla, es una joven muy insegura, acomplejada y rebelde. Se siente fustigada por el entorno y quiere salir de esa ciudad que desprecia.

Greta Gerwig, dotada para hablar de la juventud en la sociedad de primeros de los años 2000, juega a fondo la baza de un drama social. Cada personaje tiene su cometido, que es hablar de su vida y vivirla en paralelo con lo que acontece en su país.

“Lady Bird” es la crónica de algo que ya hemos visto en muchas películas: la rebeldía de la adolescencia, la búsqueda de identidad. Pero Greta Gerwig articula su guion de una forma novedosa y con un texto de riqueza coloquial, atinada. Con confiado aplomo, apoyada en imágenes sumamente realistas, tan inmensas a veces como las lágrimas compartidas de la madre y la hija, mensajes sin duda extraordinarios desde ese mundo ferozmente cerrado a razonar. También la directora tiene la necesidad de trasmitir los sentimientos de la sociedad americana y lo hace del modo más claro y didáctico, y con toda su contundencia narrativa en el texto y  el subtexto. “Lady Bird” es una estampa social muy de mujeres, tomando cuerpo en un personaje cuyo rechazo hacia sí misma consigue la transparencia que el espectador necesita para conocerla bien.

La música la pone el compositor americano de pop rock Jon Brion. En lo visual, aplaudimos al director de fotografía Sam Levy y, en el reparto, Saoirse Ronan ha encontrado en “Lady Bird” el vehículo idóneo para reflejar perfectamente a una chica joven a contracorriente, transmitiendo con propiedad el latir de un montón de corazones, estupenda interpretación, creo que la mejor de su carrera. Laurie Metcalf, consigue con brillantez que amemos a su personaje. El resto de actores y actrices: Lucas Hedges, John Karna, Beanie Feldstein, Tracy Letts, Timothée Chalamet, Danielle Macdonald, Bayne Gibby, Victor Wolf, Monique Edwards, Shaelan O’Connor, Marielle Scott, Ithamar Enriquez, Christina Offley, Odeya Rush, Kathryn Newton, Jake McDorman, Lois Smith, Andy Buckley, Daniel Zovatto, Laura Marano, Kristen Cloke y Stephen Henderson, todos subrayan con acierto las vidas contradictorias de sus personajes .

“Lady Bird” me hace recordar una frase de Stanley Kubrick: “Una película es (o debería ser) como la música. Debe ser una progresión de ánimos y sentimientos. El tema viene detrás de la emoción, el sentido, después”.

Crítica: Yo, Tonya

Del director de cine australiano Craig Gillespie llega a las salas un drama biográfico con hondura y habilidad narrativa y documental, en torno a un relato de un tema que fue muy espinoso en su momento y que sigue latente en la mente muchos aficionados al deporte. Una obra biográfica dedicada a Tonya Harding, dos veces olímpica y dos veces campeona en el Skate America. Fue la primera patinadora estadounidense en completar, en 1991, un triple salto axel en competición, aquí vemos su historia: “Yo Tonya”.

La historia comienza con Tonya Harding (Margot Robbie) de la mano de su madre, LaVona (Allison Janney), insegura, mezquina y completamente pendenciera en su lenguaje, LaVona solo sonríe para menospreciar o humillar a su niña. Envueltas en el humo del pitillo entran a la pista de hielo para pedir que dejen entrenar a la pequeña a pesar de no tener la edad adecuada, la informan de que no puede ser pero LaVona, haciendo caso omiso de las recomendaciones, empieza los entrenamientos con la niña. Para que alcance los sueños que su madre tiene, la pequeña se tiene que sacrificar muchísimo, incluidas amenazas y malos tratos de su desalmada madre que anhela el triunfo de su hija a costa de lo que sea. Como una muñeca que va a pilas se mueve Tonya durante toda su infancia y parte de su adolescencia. Los golpes, las agresiones que le propina su madre continúan. Muy joven se enamora de Jeff Gillooly (Sebastian Stan) ,viven juntos y de nuevo se repite la contrariedad que la asedia; este amor también le brinda maltrato. Todo lo que forma parte de su vida será el viento que arranque de cuajo su éxito sobre el hielo.

Los protagonistas y todos los personajes de esta película son reales. Incluso considerando las rigurosas investigaciones emprendidas por el guionista americano Steven Rogers sobre vidas e incidentes, puede que para el gran público “Yo, Tonya” se convierta en la pantalla en un producto de ficción, pero no debemos olvidar que es la triste realidad de una deportista que fue. Una mujer fuerte y acorralada. “Yo Tonya” tiene un ritmo documental, denso e inusualmente intenso, moviéndose entre la alternancia de rabiosas y contradictorias entrevistas, discursos y narración. Una planificación sin ornamentos inútiles, solo el reflejo deprimente de una pesadilla.

 “Yo, Tonya” goza de una extraordinaria banda sonora de Peter Nashel. Otro as es la fotografía, pero por encima de todo, un manojo de interpretaciones superlativas que hacen de ella una película adulta en el cine de un director que desconocíamos.

El trabajo de Margot Robbie es una representación por todo lo alto que puede valerle todos los premios del año, igualada en voltaje, aunque en un papel menor, por Allison Janney, igualmente inmensa expulsando toda su rabia y su mala leche bajo su falsa sonrisa. El resto del reparto, encabezado por Sebastian Stan, con Caitlin Carver, Julianne Nicholson, Bojana Novakovic, Mckenna Grace, Paul Walter Hauser, Bobby Cannavale, Renah Gallagher, Amy Fox, Ricky Russert, Jeffery Arseneau, Bobby Akers, Suehyla El-Attar, Kaleigh Brooke Clark, Catherine Dyer, Joshua Mikel y Jason Davis, sirven con absoluta justicia al difícil aglomerado de un mundo que salta por los aires.

Una película que te mantiene indignada y quieta en la butaca…

Un frase que se me quedó grabada: “Los americanos necesitan a quien amar pero también a quien odiar”.

Crítica: La forma del agua

Del director de cine mexicano Guillermo del Toro, que colabora en el guion con la guionista y productora de televisión americana Vanessa Taylor, llega hasta las pantallas la película “La forma del agua”, gloria política añeja, discurso progresista y utopía.

La película comienza con una voz en off acariciante que nos introduce en el centro de un cuento. Es así como da inicio la historia, Elisa Esposito (Sally Hawkins) es una joven muda que trabaja de limpiadora en un centro estatal de investigación espacial, en Baltimore, a mediados de la década de los 60, en plena lucha por la supremacía espacial entre Estados Unidos y la URSS. Un día, el laboratorio recibe una criatura en forma y rutina de pescado enorme (Doug Jones), capturada por el Coronel Richard Strickland (Michael Shannon) en las aguas de América del Sur. Elisa, enseguida se sintió atraída por el secreto que allí se escondía y sin dejar pasar el tiempo se cuela en la parte privada para visitar al bicho. Ella le hace mimitos, lo alimenta, bueno, le da a comer unos huevos cocidos que curiosamente es la comida que ella utiliza de menú. Pasan pocos días para que la chica que es muda pero tiene perfecto el oído, le ponga música al pez. Elisa Esposito escuchará una conversación que la lleva a solicitar ayuda a su amigo Giles (Richard Jenkins) y a su compañera Zelda Fuller (Octavia Spencer) para salvar a la criatura del peligro que la acecha…

Consciente de que el cine es el arte de dotar la ficción, lo imposible, de movimiento, Guillermo del Toro, ha construido a lo largo de los años un cine orientado a examinar, desde lo lúdico,  las posibilidades formales del subjetivismo llegando a sus últimas consecuencias. Su estética de trazo permanente define la radicalidad de su propuesta. En el cine de Guillermo del Toro parece no haber distancia entre la ocurrencia recién salida de su cabeza y el resultado final. Sus trabajos crean la ilusión de una sincronía precisa entre los procesos cinematográficos del autor. En “La forma del agua”, otra vez, aunque de forma más espinosa y consciente de lo habitual. Monstruo, miedos, temores, maltrato, homosexualidad, estrategias, violencia y un despertar sexual que se trata desde el principio, al mostrar con las primeras escenas la vida íntima de Elisa Espósito.

Un universo oscuro tiñe con su aliento estético toda la película, queda perfectamente expuesto como respuesta rebelde a la descarriada normalidad de las imágenes que vemos en pantalla. “La forma del agua” es un ensayo visual sobre los misterios y las sorpresas de la carne y sobre el mundo privado de la privada política de enfrentamiento. Una muestra más de cómo lo lógico y lo imposible se confunden. El director juega con aire despierto y provocador a evocar un mundo que no es este en el que vivimos, mucho más cauteloso y formal. Lo hace con una técnica resuelta, recreando en los años sesenta una total modernidad de pensamiento. Un film inteligente e innovador. A simple vista una entrañable historia de amor.

A Sally Hawkins solo le hacen falta dos o tres gestos y un ritual que se repite para definir las reglas del juego de su personaje, un personaje que borda sin renunciar al artificio de los cambios, creo que es el valor más destacado de la película. Muy trabajoso el papel de Doug Jones y Octavia Spencer, buenísima en su simpatía de mujer normal. Richard JenkinsMichael Stuhlbarg, Lauren Lee Smith, David Hewlett, Nick Searcy, Morgan Kelly, DruViergever, Maxine Grossman, Amanda Smith, Cyndy Day y Dave Reachill, magníficos, con intensos personajes creados a lo largo del relato.

La música del maestro Alexandre Desplat canta en un querer poner bridas al ardor inconsciente de lo extraño. Una música que se sube a la cabeza y se adentra en el corazón. Perfecta. La fotografía del director de fotografía danés Dan Laustsen, muy adecuada, cubriendo todo cuanto filma con un tono poético

Una película que da para reflexionar y para muchos «por qué»…