La casa entre los cactus

“La casa entre los cactus” es la primera y arriesgadísima película de Carlota González-Adrio, un nuevo talento. La película supone también el debut como guionista de Paul Pen, autor de la novela en la que se basa la cinta, una película literaria y cinematográfica.

En ella, se cuenta una historia y la curiosa peripecia de las vidas que ahí fluyen, con gran naturalidad narrativa y temple para enfrentarse a los comportamientos familiares, aumentando la sensación de placentera incomodidad en el espectador, en una apuesta formalmente radical. Hecha con inteligencia. Una película que se desarrolla en dos tiempos, o si se prefiere, que posee un buen alegato social y que, en un momento determinado de su desarrollo, sin dejar de lado lo anterior, se desdobla en una narración sobre amores truncados.  

“La casa entre los cactus” nos presenta a Emilio (Daniel Grao) y Rosa (Ariadna Gil). Ellos han creado una familia perfecta. Son los años setenta, en las Islas Canarias, han construido su vida llena de amor por sus cinco hijas, todas con nombres de flor: Lis, Iris, Melisa, Lila y Dalia. Aquí, apartados de la civilización y de una vida que dejaron atrás en su país, juntos, disfrutan de su particular paraíso, ajenos al resto del mundo. Ellos han creado un microcosmos particular en el que nadie interfiere y son muy felices.

La película nos retrotrae a aquellos años como trasfondo de una acción en la que no son nada ajenos los referentes literarios y, sin embargo, la cineasta proyecta cine en estado puro, una joya que brilla por la sensibilidad estética que delata su gusto por la belleza y por una insolente lectura de la historia como herencia de lo que debemos ser.

Los personajes que interpretan Ariadna y Daniel experimentarán en carne propia el desgarro de la pérdida pero también el narcisismo de quien sobrevive y se desbarata de dolor.

De todo eso habla el dramático, demoledor y maduro film: de la meticulosa burocracia de la muerte, de la obscenidad de la vida que continúa a pesar del ausente, de las estrategias que se ensayan para tratar de explicar lo inexplicable. Una película sin concesiones, llena de sabiduría y dolor.

González-Adrio nos presenta un microuniverso campestre, tan surrealista en sí mimo que solo puede ser real. Deseo, crimen y miedo a la soledad. La directora nos enseña una fábula de intrigas cuyo ritmo pausado, intensamente esteticista muestra el velo invisible que flota por encima de cada imagen o fotograma. La fotografía de Kiko de la Rica pone sin florituras, la voluntad de hacer cine y un discurso que exista como tal, sin claudicaciones, con sus propias convicciones sobre el medio. La música de la conocida y premiada Zeltia Montes; serena, limpia y coherente; en esa tierra de nadie y esa música explorando un film de puntillas. Excelente.

“La casa entre los cactus” es una mezcla de farsa y levedad dócil que se ve con agrado gracias a su fluida mecánica de corrección argumental y a la consistencia de sus destiladas interpretaciones: Ariadna Gil, Daniel Grao, Ricardo Gómez, Zoe Arnao, Aina Picarolo, Anna Ruiz Solera, Carla Ruiz Solera, Judith Fernández y Marga Arnau, todos sensacionales en sus papeles.

Redonda, hay que saludar la llegada de un película así, una de las tres mejores películas de este año. Una obra que la historia del cine no debiera olvidar.

Véanla.

Crítica: Fue la mano de Dios

El oscarizado cineasta Paolo Sorrentino vuelve al Nápoles que lo vio crecer para contarnos lo que creemos es su propia vida o algunas incursiones en ella. El autor de “La gran belleza” 2013, en 2022 nos regala, con su dirección y guion, “Fue la mano de dios”, una película vibrante, contagiosa, sutil y tenebrosa. Estructurada como una de las mejores obras de su autor, constituye, además de muchas cosas más, la valentía, el amor, la afición y la soledad y las normas genéticas que pululan por este tipo de cine.

Ambientada en Nápoles durante la década de 1980, la película de Sorrentino sigue al introvertido Fabietto Schisa (Filippo Scotti), en la turbulenta Italia. En «Fue la mano de Dios», hay lugar para alegres sorpresas, como la llegada del legendario futbolista Diego Armando Maradona y para una tragedia igual de imprevista. El destino interpreta su papel, la alegría y la desdicha se entrelazan en el futuro de Fabietto.

Sorrentino vuelve a sus orígenes para contar su historia más personal: un relato sobre el destino y la familia, los deportes y el cine, el amor y la pérdida.

“Fue la mano de Dios” es una película  honesta pero no despiadada. Su mirada es dulce incluso en los pasajes más crepusculares de la historia de Fabietto Schisa. Paolo Sorrentino es un excelente guionista y eso se deja ver, consigue definir a cada uno de sus personajes con solo un plumazo;  sus  gestos, sus palabras. La extraña mezcla de inocencia del personaje principal, su pasividad, curiosidad y capacidad contagian al espectador de su vitalidad y nostalgia enriqueciéndonos con una fábula que vuela por encima de su realidad.

Tiene “Fue la mano de Dios”, además de brillantes momentos de puesta en escena , algo de lo que trasciende: su capacidad para que, a partir de una historia, que a simple vista pueda parecer improbable , reconducir con mano segura y firme a unos personajes que pueden haberse quedado rezagados. Encarnados por actores y actrices realmente superlativos, todos están esplendidos, pero lo que  el actor Filippo Scotti hace aquí es la confirmación de que el talento le llegó.

La música del compositor italiano Lele Marchitelli es el complemento perfecto. En la fotografía, la joven y virtuosa, también italiana, directora de foto Daria D’Antonio que repite una vez más con Paolo Sorrentino.

En el reparto, recalcar el decisivo papel que juega cada intérprete comenzando por Filippo Scotti, Toni Servillo, Luisa Ranieri, Teresa Saponangelo, Marlon Joubert, Lino Musella, Renato Carpentieri, Sofya Gershevich, Enzo Decaro, Massimiliano Gallo, Elisabetta Pedrazzi, Ciro Capano y Biagio Manna.

Véanla, lo mejor, la ternura que desprenden los personajes.

Crítica: Belfast

Kenneth Branagh nació Irlanda del Norte, Reino Unido, el 10 de diciembre de 1960, hasta sus primeros años se traslada con su nueva película “Belfast”, después de habernos regalado muchas otras historias bien trabadas y de las que disfrutamos mucho.

¿Qué tiene esta película que la hace distinta, atractiva y atrapante? Tiene algo muy sencillo: sinceridad, el reflejo de un lugar y un tiempo y la lucha obrera, la agitación que ocurre a la vista de Buddy (Jude Hill). Todo ello centrado en el conflicto norirlandés durante la violenta agitación protestante-católica de aquellos años; es una historia de humanidad y claridad que dedica Kenneth Branagh a la ciudad en que nació y creció. La película ofrece una narración cubierta de sensibilidad sobre la familia irlandesa de clase trabajadora, su familia. La cámara sigue al pequeño Buddy mientras crece en un ambiente de lucha, cambios culturales, odio interreligioso y violencia sectaria. El niño sueña con un futuro que le aleje de los problemas pero, mientras tanto, encuentra consuelo en su pasión por el cine, en la niña que le gusta y el amor de sus padres y sus abuelos.

Detrás de todo eso que acabo de contar hay un barrio de una ciudad con un mosaico de retratos humanos, unidos por el azar y tiernos como la vida misma. Tiernos, impulsivos, tímidos. Es una película aclamada por la crítica y por muchos festivales de cine. Todos configuran un paisaje de figuras en el que es fácil establecer complicidades y un punto de vista que conjuga lo local con lo universal.

Kenneth Branagh, en “Belfast” sabe perfectamente de qué habla y, además, trata a cada uno de sus personajes con una dosificada mezcla de sentimientos, pero lo mejor es entenderlo de todas las formas que Branagh nos muestra, disfrutar de la unión de los personajes, sufrir con el corazón de la historia y aprender con todas ellas que la sabiduría es un camino muy difícil y se deben superar muchas pruebas.

Probablemente el director no habría podido hacer “Belfast” en otro tiempo pasado, la tranquilidad con la que se ha sumergido en la nueva Irlanda es algo que ha alcanzado después de ser un buen guionista y director de cine. Un hombre capaz de hacer una historia cruzando el peligro, superando todas las pruebas que le ponga el destino. En “Belfast” habla de familias reconocibles, de la cotidianidad, de lo malvado que el mundo nos depara y de los lazos entre padres e hijos.

Kenneth Branagh ha contado para este film con un reparto espectacular del que no cabe destacar a nadie pues todos me parecen fabulosos comenzando por el iluminado chavalín Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lewis McAskie, Lara McDonnell, Gerard Horan, Turlough Convery, Sid Sagar, Josie Walker, Chris McCurry, Colin Morgan, Freya Yates, Nessa Eriksson, Charlie Barnard, Frankie Hastings, Máiréad Tyers, Caolan McCarthy, Ian Dunnett Jr., Drew Dillon, Michael Maloney, Rachel Feeney, Elly Condron, Samuel Menhinick, James O’Donnell, Leonard Buckley, Estelle Cousins, Scott Gutteridge y Bill Branagh.

En la banda sonora mencionamos la excelente música del también irlandés Van Morrison, un músico y compositor considerado como el mejor de su tiempo. En la imagen, un magnífico director de fotografía, el grecochipriota Haris Zambarloukos. Excelente.

Branagh ha firmado otro de los buenos títulos de su carrera, lleno de inagotables estímulos para el análisis; un clásico instantáneo tan susceptible de ser discutido como llamado a permanecer. Un terapéutico desafío.

Crítica: Coda

Quien haya visto con sensibilidad “Coda” ya sabe cuál es el marco en el que se mueve su director y guionista Sian Heder, que dota a su personal procedimiento cinematográfico de algo tan importante como la ternura. “Cora” es un remake de “La familia Bélier” (2014), una película del director de cine francés Éric Lartigau. La revisión incide sobre un terreno no menos vidrioso, esta vez de la mano del director americano Sian Heder, con su privilegiada delicadeza y su profunda adversidad afectiva. El debate entre todos los polos es intelectualmente apasionante, emocionalmente intenso y particularmente doloroso. La película viaja más allá de los límites de lo habitual para explorar un abismo en lo cotidiano que deviene grotesco y los resquicios de esperanza son desconcertantes paradojas que casi escapan a la razón.

Ruby (Emilia Jones) es el único miembro oyente de una familia de sordos. A sus 17 años, trabaja por la mañana con sus padres Frank (Troy Kotsur) y Jakie (Marlee Matlin) y su hermano Leo (Daniel Durant) en Gloucester, Massachusetts. Antes de ir a clase, cada día trata de mantener a flote el negocio pesquero familiar. Ávida de encontrar nuevas aficiones, Ruby decide probar suerte en el coro de su instituto donde, no solo descubre una latente pasión por el canto, sino también una fuerte atracción física por un muchacho, Miles (Ferdia Walsh) con el que debe realizar un dueto precioso. Su entusiasta profesor (Eugenio Derbez) ve algo especial en ella y la anima a que piense en la posibilidad de entrar en la escuela de música, algo que la obligaría a tener que tomar una decisión de cara a su futuro: sus estudios o su familia.

El film del director Sian Heder viaja con ánimos y con seres atormentados, personajes cercanos, siendo muy coherente en su forma de hacer cine, empezando por una puesta en escena llena de aliento poético. Pero lo que de verdad hace de la historia de Heder una película precisa, cargada de verdad, es su manera de ver el cine.

El elenco está encabezado por la sorprendente Emilia Jones, con su indispensable carita de chica normal, y continúa uno tras otro hasta el ultimo secundario, un reparto excelente. Por otra parte, volver a ver a Troy Kotsur, el padre pescador, contribuye mucho más a que la película nos conmueva.

La música es del compositor inglés Marius De Vries y la fotografía de la joven Paula Huidobro, excelente cinematógrafa mexicana. Una lluvia de inteligencia en la foto.

En el reparto, sublimes: Emilia Jones, Troy Kotsur, Marlee Matlin, Daniel Durant, Eugenio Derbez, Ferdia Walsh-Peelo, Amy Forsyth, Kevin Chapman, John Fiore, Erica McDermott, Owen Burke, Rebecca Gibel y Molly Beth Thomas.

Véanla, su mayor atractivo radica en su sencillez.